Le toca a mi generación llegar al final de su vida sin ver asegurada la democracia como forma de gobierno de nuestras sociedades. Todavía la democracia no constituye explícitamente el objetivo a abatir, y aún no son centrales los ataques que se le dirigen. Pero vemos apuntar un tipo humano que es incompatible con el espíritu democrático. Por mucho que, de entrada, su agenda se presente como una defensa de la desnuda legalidad, ese espíritu nuevo está atravesado por una pulsión autoritaria que hace prever que, una vez tenga el poder, comenzará a introducir por vía ejecutiva suficientes medidas de excepcionalidad como para coaccionar cualquier libertad democrática profunda.

No cabe duda de que estos nuevos actores, como VOX, están dispuestos a imponer, por una parte, un sentido de la libertad raídamente individualista y, por otra, el más furioso sentido dogmático de lo que es la norma del vivir humano. Su éxito solo se explica por una razón. Los demás partidos convencionales han perdido el horizonte utópico de la democracia, su esquema expansivo como forma social de igualdad y justicia, lo que no siempre coincide con el aumento continuo de los derechos individuales. Que ese horizonte complaciente sea tan general, explica que las opciones políticas con un fuerte compromiso democrático sean minoritarias y no logren desplegar su agenda de forma rotunda con las fuerzas gubernamentales, por mucho que permeen su retórica política.

En todo caso, nosotros, que nos pasamos la juventud intentando aprender la estructura normativa de la democracia, vemos que ahora, a nuestra vejez, tenemos que seguir analizando con toda la finura posible los procesos por los que se desmontó. Ya ese contrapunto normativo fue parte de nuestro aprendizaje. Recuerdo que alguna gente se escandalizó de que a finales de los 80 comenzara a impartir seminarios sobre Carl Schmitt presididos por aquel famoso dictum de Weber que asegura que el diablo es viejo y hay que estar a la altura para conocerlo. Aquellas protestas eran paradójicas porque, mientras tanto, nadie se escandalizaba de que gran parte de la corporación filosófica perdiera las pestañas analizando a Heidegger, el veneno que ha corrompido el pensamiento contemporáneo y roto su respeto por la realidad concreta.

Schmitt tiene la virtud de la claridad. No es un embaucador. Ha mostrado sus fines con toda precisión y ha ayudado de forma cercana a los actores que acabaron con la República de Weimar. Es mi convicción, y así lo defendí en un simposio que organizó la semana pasada la Universidad del Valle de Colombia, que también inspiró de forma directa el asalto a la II República española. Si alguien quiere ver cómo se comenzó a poner en cuestión la democracia europea, debe estudiarlo. Y es señal de un cierto destino que ahora mi generación, al final de su vida profesional, tenga que continuar con el análisis de aquella época de hace un siglo, que constituye todavía la experiencia de la gran decisión contra la democracia, no en la teoría, sino justo porque vemos en el horizonte actores que se disponen a activar aquellos argumentos.

Un ejemplo de lo que quiero decir es que en este año que agoniza se cumple un siglo de la obra que dio el pistoletazo de salida del pensamiento antidemocrático. Se trata de la obra «La Dictadura» de Carl Schmitt. Al releerla tropezamos con la centralidad de este pasaje: «La literatura política burguesa […] hasta el año 1917 ha aparentado ignorar el conocimiento de una dictadura del proletariado». En sustancia la frase afirma que, a pesar de toda la propaganda marxista desde el año del Manifiesto Comunista, sólo tras 1917 la burguesía se tomó en serio la dictadura del proletariado. Lo que alteró la percepción, que ya no podía aparentar ignorancia, fue que ahora la dictadura del proletariado era la divisa de una potencia imperial de primer orden, la URSS. Eso hacía de la dictadura del proletariado algo más que la retórica radical de los partidos socialistas europeos.

Ese hecho dislocó el mundo. Los actores conservadores perdieron los nervios ante esa irrupción y rompieron con la forma democrática para asegurar que así cerraban el paso a los partidos comunistas. No comprendieron que con ello le daban una oportunidad adicional. El caso es que Schmitt les recordó que las fuerzas políticas no marxistas disponían de otra teoría de la dictadura que se había ido formando para asegurar el poder nacional. Sucedió con Cromwell, con Robespierre, en 1848 o en 1871. Era un refinamiento del estado de alarma, del estado de excepción, del estado de sitio y, finalmente, de la comisión entregada al dictador de mantener la integridad mística de la nación, frente a la parcialidad de la clase. Schmitt así se dejó llevar por el pensamiento mítico y enfrentó el dios de la dictadura nacional al dios de la dictadura del proletariado. Esa es la esencia de su doctrina del amigo/enemigo. De este modo, en realidad, continuaba la batalla secular de Prusia contra Rusia y preparaba la secuencia de la Primera Guerra Mundial.

Que hoy, los nuevos asaltantes de la democracia quieran excitar los nervios de la gente asegurando que el encuentro del papa con una ministra española es una cumbre comunista, testimonia tanto su disposición a usar los viejos argumentos de Schmitt, como su impostura intelectual. Pues comparar al papa Francisco con la potencia imperial de la URSS es una infame parodia. Pero una vez que has corrompido la inteligencia de la gente privándole de serenidad, puedes despreocuparte y protegerte con un «¿a quién diablos le importa una barbaridad más?»