Hablar de Navidad es remontarse a una tradición multisecular que, a lo largo de la historia, se va consolidando con múltiples adquisiciones, algunas de ellas, abandonadas por el tiempo; otras, reforzadas. Y así podemos decir que la costumbre del belén se remonta al siglo XIII; y los adornos en las casas, con su multiforme variedad, también tienen su origen en el bajo Medioevo. El árbol de navidad, por ejemplo, se remonta al siglo VIII. Y así podríamos continuar. Son costumbres del hecho cristiano, un hecho prodigioso que, para la mente racionalista y analítica de la modernidad, constituye un escándalo; y para la postmodernidad, nuestra época, es una excusa de consumo y, en el mejor de los casos, una exaltación emotivista.

 Pero el hecho en sí mismo considerado, que divide la historia en un antes y un después, es la encarnación y nacimiento del Hijo de Dios. Sin esta consideración, la Navidad no es nada y, en todo caso, no sería más que unas fiestas invernales sin más contenido. En el período grecorromano eran las saturnales: un momento de disfraces y de ruptura con las normas sociales y morales, una bacanal.

 Comprendo que para algunos que no tienen fe, no represente nada especial; pero, de hecho, todos vivimos en una sociedad cristiana, con valores cristianos, con raíces cristianas, aunque ni tan siquiera lo sepan.

 El hecho, en sí mismo considerado, es, como decía, prodigioso: el Dios que no se conforma con ver los toros desde la barrera –permítaseme este símil taurino-, sino que se abaja a la arena y se arriesga, desde la condición humana, a ser uno de nosotros, con todo lo que ello comporta de limitación, vulnerabilidad y mortalidad. Se pone a nuestro nivel, como un padre en cuclillas se abaja hasta su hijo, mirándole a los ojos, para darle confianza, paz, sosiego, después de un tropezón. De ahí que Isaías, en el siglo VIII antes de Cristo, profetizara que el Enmanuel, que significa “Dios con nosotros”, nacería de una doncella virgen.

 Su misión es indicarnos que no hemos de sufrir indebidamente, tontamente, gratuitamente. Porque Él lo va a hacer por nosotros, para que seamos felices, tengamos confianza, y gocemos también en esta vida, dentro de los límites de nuestra condición mortal. Que se nos haga fácil lo que es difícil, porque su venida nos abre las puertas a la eterna felicidad que Dios desea para todos. El cristiano no es indiferente o estoico: trasciende. Sabe, en palabras de la santa de Ávila, cuán poco lo de acá, cuán mucho lo de allá.

 Es tiempo para reposar, para no dejarse llevar por las añagazas de los que nos quieren birlar la dicha e inventan señuelos para distraernos, y para que la vida no se nos pase sin ton ni son.