Una de las grandes contradicciones de la empanada europea es que cierra fronteras a los refugiados cuando más los necesita para conjurar el triste amojamamiento social que sufre. La Europoncia se va convirtiendo en un asilo a golpe de parejas con perro, de infantilitis aguda, de hoteles antiniños y de puro hedonismo existencial. Precisa jóvenes, y aunque rechaza engendrarlos tiene miles a la puerta en Polonia, en Italia, en la Españona, en las lindes del imperio, al este y al sur, soportando ventiscas, diluvios y galernas mientras aguardan que un acuerdo, que un descuido, que un milagro les abra un portillo. Podría incorporarlos, integrarlos, utilizarlos, abrirles de una vez, pero se niega. No son los jóvenes que quiere. La Europeja menguante y atribulada, en su colectividad social y en sus individualidades contribuyentes padece horror pauperi, esa terrible aversión al pedigüeño que forma parte de la psicología humana. Ni el apocalipsis demográfico, ni la urgencia más agobiante bastan para vencer esta fobia radical. Tenemos un miedo instintivo, constitutivo, genético a los pobres; y experimentamos un pánico cerval, un pavor incontrolable ante los fracasados. Es la otra cara, el reverso tenebroso del estúpido atractivo, de la esotérica fascinación que nos inspira el triunfador. Conservamos la tendencia simiesca —vestigio ancestral— de arrimarnos al rico esperando los relieves de su abundancia, y de apartar al indigente que sueña con los nuestros. No queremos ver que nosotros, para el rico, somos lo mismo que un desventurado para nosotros; que provocamos a unos el mismo sobresalto que nos producen otros; y llevamos adelante nuestro atavismo hasta el punto de que a la menor ocasión damos coba no sólo al rico, sino también al famoso. Y el famoso, el rico, el mono de arriba nos mira por encima del hombro, de ramas abajo, y hace la mueca de la risa mientras nos va estercolando. La variante sudafricana del Covid ha sido la consecuencia, el castigo, el ómicron de nuestro maldito egoísmo; ha interrumpido nuestro espejismo de seguridad. El primer mundo acumula vacunas y el tercero se queda sin ellas; pero los primeros —está en el Evangelio— serán los últimos. Tanta ciencia y tecnología, tanta logística y tanta vanagloria para volver al taparrabos. Nos ha entrado por la gatera el ventorrillo acatarrador, la restallante colleja del virus proteico. El mundo es un pañuelo, y el sálvese quien pueda ya no sirve de nada —si alguna vez sirvió de algo—. Incluso hay quien sospecha —no quiero ni pensarlo— que la Europa, la China y la Norteamérica se abroquelaron de lo lindo contra el virus y esperaron, con ojos ávidos, con expresión codiciosa, la hecatombe africana, india y sudamericana, mientras la madrastraza Rusia, la cochambrosa carcasa comunista se atizaba, según costumbre inveterada y obtusez inmemorial, sus buenos y profilácticos lingotazos de vodka. La repulsión que sentimos hacia el pedigüeño nos ha cobrado su minuta de caos y zozobra. Hemos regresado a la casilla de salida. El viejo, pervertido y ultradesarrollado mundo, convertido en espalda gigantesca para el mundo pobre, cumple ahora penitencia: ración doble de virus mutante. Ha pasado, entre naciones, lo que suele pasar entre vecinos: que se huye del caído, del que atraviesa un bache, del atribulado como de la peste bubónica. Y no está claro que hayamos aprendido la lección para cuando lleguen las vacunas reformuladas. De momento pintan bastos; manda ómicron; empezamos de nuevo, por si no queríamos caldo. Y al fondo reverbera un motivo, un viejo y humanísimo error: la manía, la soberbia de ser autosuficientes; la trampa de la falsa libertad, que sólo es abolición de la espiritualidad y nos conduce indefectiblemente a dar testarazos en las paredes. Ómicron se ha presentado en la rica y contumaz Europa como enésima variante vírica, pero también como enseñanza y moraleja que seguramente no aprovecharemos. Porque vino una catástrofe global y no aprovechamos las experiencias anteriores; no hicimos cambio ninguno y seguimos con el alma enchironada y desnutrida; dejamos que tomase las riendas, como tantas otras veces, el mono interior, para el que no hay abstracción sino inmediatez y materialidad; y el mono escogió, como cabría esperar, salvarse a sí mismo. El hombre civilizado volvió a ser mono y le salió el tiro por el ómicron. Es muy probable, por tanto, que siga sin escarmentar; que invente otras vacunas y se las ponga primero; que la debacle se repita indefinidamente. Todo por huir del pedigüeño; por esa repugnancia inconsciente que nos produce; por esa inseguridad que nos transmite. La que pudo llamarse moraleja ómicron se hunde, apenas conocida, en la oscura sima del olvido.