En el principio fue la palabra y la palabra se hizo carne. Cuando falla la palabra ya sabemos a lo que estamos expuestos: odio y resquemor. Daoiz y Velarde, los leones que custodian el Congreso de los Diputados, deben de estar bastante alucinados de la mala educación que entre sus muros se respira sesión tras sesión. El espectáculo parlamentario que algunos practican es vergonzante. La llegada al Parlamento de ideologías extremistas ha convertido la política en un circo en el que se lucha contra el adversario. Muchos parlamentarios no se escuchan, llevan ya un discurso aprendido, buscan enfrentar en lugar de dialogar. No les interesa tender puentes. Se utilizan las palabras a la ligera, desvirtuándolas, manoseándolas; con la consecuente pérdida de su verdadero significado. La amabilidad, el humor o la ironía parecen descartarse. Algunos políticos salen al estrado enfadados con la firme intención de ofrecer un tuit sin el menor interés en dar la oportunidad al diálogo. Cuando el acuerdo se produce, lo demonizan.

Suelo escuchar que siempre ha habido enfrentamientos y malos modos en los debates parlamentarios, algo que no es excusa. Para justificar la bronca se comparara el Congreso de los Diputados o el Senado con el Parlamento británico; tampoco me vale. La mala educación no me sirve, ni me ha servido, ni me servirá. Me produce desazón escuchar patalear a un diputado mientras otro interviene. Me da angustia y me parece de niñatos ver cómo se boicotea una intervención molestando con musiquitas. Es impropio de parlamentarios utilizar palabras malsonantes para defender las ideas. Las faltas en el trato entre diputados o senadores debilitan la credibilidad de las instituciones y afectan al funcionamiento democrático. La agresividad verbal y el insulto se transforman en violencia en la calle. Polarizar la sociedad es allanar el camino para la confrontación entre españoles.

En el discurso del rey Felipe VI en Nochebuena, que muchos no se han molestado en analizar pues ya tenían preparados sus clichés mediáticos, se apelaba al diálogo y no al enfrentamiento, al respeto frente al rencor, al espíritu integrador frente a la exclusión. Se invocaba a una convivencia cívica, serena y en libertad. Se recordaba que hay que tener presentes los intereses generales y pensar en los ciudadanos. Otros temas planteados por el monarca fueron la igualdad entre hombres y mujeres o estar a la vanguardia de la lucha contra el cambio climático. Los partidos que aplaudieron el discurso del rey me gustaría que se lo leyeran en profundidad y lo interiorizaran. Los que criticaron lo que no dijo quizás deberían valorar lo que sí afirmó. Los que guardaron silencio probablemente no se sintieron nada cómodos pues practican lo contrario y les interesa la crispación.

La trifulca permanente contribuye a la desafección que sienten muchas personas hacia la política; esto es muy peligroso pues nos aleja de la toma de decisiones que afectan a todos. Este distanciamiento favorecerá a los intereses de unos pocos. Convertir la sede parlamentaria en el plató de un programa basura de televisión, donde el insulto y la mala educación campan a sus anchas, va contra los principios de cualquier democracia que se precie. Ser ejemplo de integridad pública y moral es lo que necesitamos ver en nuestros políticos. Afortunadamente todos no son iguales. Probablemente sea utópico, pero mi deseo político para el nuevo año sería que en España las buenas maneras y la corrección vuelvan al Parlamento, lugar donde las ideas, por muy diversas que sean, se deben debatir educadamente.