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Amparo Zacarés

tribuna

Amparo Zacarés

Callar, escuchar, hablar

Pitágoras y Teano son un importante referente en el campo de las matemáticas. El filósofo fue el primero en afirmar que el número es la esencia de todo y sobre esta certeza construyó una visión armónica y simbólica del universo. A él se debe, entre otros méritos, la intuición de la regularidad matemática de la naturaleza que la teoría fractal constató en la segunda mitad del siglo XX y que tanta fascinación sigue produciendo hoy entre la comunidad científica y entre artistas. Por su parte, su esposa Teano descubrió la proporción aúrea que se conoce también como el número secreto de la belleza y que rige la simetría de muchas de las obras arquitectónicas de la Antigüedad. Con todo, quisiera recalcar que en la escuela pitagórica de Crotona se admitía por igual a mujeres y hombres para que se iniciasen en la aritmética y la geometría. No cabe duda que incluir a ambos sexos en el estudio de las matemáticas es un criterio destacable pero también lo es que, al entrar en la escuela, se les exigiera preceptivamente guardar silencio durante un tiempo determinado antes de poder hablar. De este modo, al principio y durante varios años, tenían que aprender primero a callar y luego aprender a escuchar. Y solo cuando sabían callar y escuchar, podían hablar, hacer preguntas, escribir lo que sentían y expresar lo que pensaban.

Dicho esto, no estaría de más reconsiderar estos preceptos clásicos en la gestión de los conflictos donde las habilidades comunicativas son tan necesarias. Claro está que el contexto es otro, que no se trata de buscar la erudición en el silencio ni la purificación espiritual tal como lo practicaba el círculo pitagórico. Pero, aún así, esta sabiduría que apela a saber guardar silencio y a saber escuchar antes de hablar, podría ayudarnos en mucho a asentar armonía en las relaciones interpersonales, en concreto en aquellas en las que participan conjuntamente hombres y mujeres. Y es aquí donde conviene recordar que en la representación social del poder es un clásico del machismo hacer callar a las mujeres y ridiculizarlas no dando credibilidad a lo que dicen. Esta práctica habitual, característica de una sociedad sexista, sigue en activo y ocurre tanto en el ámbito familiar y laboral como en el político y mediático. Por este motivo, a menudo cuando es una mujer quien toma la palabra para discrepar, su disenso es interrumpido por algún interlocutor que cree saber más que ella o que por el hecho mismo de ser varón no soporta que le contradiga.

Este comportamiento, maleducado e irrespetuoso, se conoce como manterrupting y refleja el hecho indiscutible de que la socialización de género da el dominio del discurso a los varones. Por el contrario, de las mujeres se espera que sean amables y discretas al hablar, que no levanten mucho la voz, ni hagan mucho ruido, que no lleven la contraria y, sobre todo, que no quieran detentar la última palabra por mucho que tengan razón. Feministas como Chimamanda Ngozi Adichie o Michela Murgia, entre muchas más, lo suelen recordar en sus libros. Desde luego, aprender a hablar no es lo mismo que aprender a comunicarse en términos de igualdad. De ahí la importancia de considerar a nivel comunicativo la brecha de género existente. Por eso sería interesante que en los centros escolares se reforzara la enseñanza de las habilidades comunicativas y sociales como las de saber escuchar, saber discrepar y saber exponer de forma asertiva aquello que se defienda, respetando los turnos de participación con independencia de que quien tome la palabra sea de un sexo u otro.

Junto a estas medidas de educación, prevención y sensibilización, tendrían que seguir potenciándose más ayudas económicas y mayor número de recursos para la protección de las víctimas y del seguimiento de sus agresores. Sin embargo, esa actitud de prepotencia en el uso del lenguaje suele pasar desapercibida al estar normalizada y no darle la relevancia que tiene. Es obvio que la violencia que proviene del maltrato físico es más detectable. Si bien, para no llegar a lo alto de la pirámide de la violencia de género, es preciso aprender a detectar y desactivar pronto el uso del lenguaje como instrumento de poder. Quizás así sea más fácil comprender que los asesinatos de género que el entorno de la víctima recibe con estupor y extrañeza, suelen ser consecuencia directa de una forma de actuar y de pensar sexista que se revela antes en el lenguaje. Y no hay que ir muy lejos para comprobarlo.

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