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Juan José Millás.

De lo nuestro, qué

El único objetivo lógico de la creciente infantilización de la política es el de la progresiva infantilización de los contribuyentes. Involucionamos hacia formas de relación que evocan las de los patios de los colegios, donde la competitividad es siempre brutal porque no se trata de progresar intelectualmente, sino de ganar. De ganar al fútbol, de ganar a la comba, de ganar al tres en raya, de ganar al parchís, de ganar, de ganar, de ganar. Y si para ganar hay que mentir se miente. Si hay que poner la zancadilla, se pone. Si hay que hacer trampas, se hacen. La educación consistiría en convertir el patio del colegio en un aula de pensamiento alternativa, pero ningún sistema de educación lo ha logrado. Lo que se ha conseguido de momento es trasladar a la vida el modelo gritón del patio. De ahí que nuestras existencias sean de un lado tan improductivas y, de otro, tan entretenidas. La discusión sobre las macrogranjas, sin ir más lejos, ha tenido a todo el país atentos a la pantalla durante dos semanas, y lo que queda. En realidad, no había discusión porque todos los participantes, en algún momento de su vida política, habían dicho lo que ahora negaban. Había acuerdo, pues, pero era preciso dar espectáculo. Y se ha dado, vaya si se ha dado. Se pregunta uno si el objeto actual de la actividad política no será precisamente el de tapar las horas de vacío de la tele. No se puede estar todo el día viendo Sálvame. Agota, por apasionante que resulte. Pero sale uno de Sálvame, que es el programa de entretenimiento por antonomasia, signifique lo que signifique antonomasia, se enfrenta al vacío de su vida y le entra un sudor frío. Ahí está la política infantil para aliviar ese sudor. Se ve uno de súbito en el patio del colegio, teniendo que decidir si está o no está a favor del geocentrismo y el sudor frío es sustituido por el sudor caliente de las discusiones sin árbitro. Al príncipe Andrés le han quitado todos los títulos militares, pues por lo visto era coronel de varios regimientos. Eso entretiene también porque uno entiende la dimensión infantil que tuvo el hecho de dárselos. Era, por decirlo rápido, un coronel de juguete. Ahora, por malo, le han quitado el juguete. Ya no se podrá disfrazar de oficial para ligar. Vale. Y Johnson quizá tenga que dimitir por sinvergüenza. ¡Qué divertido! Pero qué hay de lo nuestro.

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