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Matías Vallés

Houellebecq arremete contra las macrogranjas de ancianos

En ochocientas páginas con tres menciones a Balzac, el novelista premonitorio postula el declive de los gobernantes populistas

Mientras Garzón II abomina de la ganadería intensiva ejercida contra vacas o cerdos, Michel Houellebecq arremete en su octava novela contra las macrogranjas para ancianos, hacinados como pollos en las residencias francesas o EHPAD. Desde luego que sería inconcebible una traslación a geografías más próximas de la situación descrita por el autor indómito en anéantir, todo minúsculas, aunque en un recuento no exhaustivo solo se ha localizado en el texto una sola vez el vocablo aniquilación en consonancia con el título.

La publicación cada lustro de una novela de Houellebecq accede al rango de acontecimiento, dado que su vocación premonitoria lo convierte en el mejor barómetro sobre la presión del planeta. Su sentido del humor consiste en colocar una bomba, aumentando el número de víctimas conforme avanza la narración. La banda terrorista en cuestión en anéantir comparte las ideologías nazi y ecologista, un matrimonio típico del autor. En un recuento exhaustivo, el libro menciona hasta en tres ocasiones a Balzac, dos de ellas en páginas consecutivas. La reiteración subraya el propósito de reescribir la comedia humana, ahora en formato trágico.   

En Houellebecq, librepensador ha dejado de ser una categoría para convertirse en un estilo. En anéantir pretende que el florecimiento de algo parecido a una sensibilidad en su escritura no obedece a un sometimiento, sino a una convicción. Alimenta la tensión entre la superpoblación y la tentación de eliminar a los seres humanos sobrantes con técnicas de ganadería. Vida y muerte provocan la indiferencia del autor desde tiempo atrás, pero aquí tacha de inconcebible la crueldad del tránsito entre ambos formatos.

El heredero de Balzac se centra en la familia Raison, una razonable sátira desde el propio apellido. Los miembros de esta saga padecen un notable índice de mortalidad entre sus miembros. De hecho, el protagonista Paul Raison se enfrenta sin citarlo al dilema de Aldous Huxley, que eligió el mantenimiento de la lengua que le daba de comer antes de fallecer el mismo día que John Kennedy, en lo que Gore Vidal definiría como una pésima decisión promocional. Frente al sexo mecanicista que define la producción narrativa de Houellebecq, aquí todos sus protagonistas están enamorados y buscan la felicidad en pareja, hasta el borde incluso de la muerte. Por fortuna para el autor, sus lectores devotos están dispuestos a perdonarle incluso el romanticismo.

Houellebecq ha convertido la degradación en un arte. En anéantir delinea el futuro de la ancianidad, sin necesidad de mostrar compasión alguna hacia sus víctimas. La acción se sitúa en una Francia recorrida en todas direcciones a lo largo de 2027, con el telón de fondo de las vísperas de las elecciones presidenciales que sucederán a las previstas para este año. Dado el temple profético del autor, cabe reseñar que da por sentada la victoria de Macron en abril. Y sobre todo garantiza la continuidad a Bruno Le Maire, el ministro de Finanzas a quien profesa una amistad de valor recíproco.

Macron no podría volverse a presentar en 2027, por la limitación de mandatos. Sin mencionarlo jamás por su nombre, Houellebecq le atribuye la voluntad de concederse un paréntesis forzoso, antes de intentar un nuevo asalto al Elíseo durante la próxima década. En el interregno, se impulsa a una célebre personalidad televisiva tan vacua como todas ellas. En otro vaticinio a consignar, el escritor propone el declive de los gobernantes populistas ante el cansancio de la audiencia. Bertrand Russell sostenía que los ciudadanos votaban deliberadamente a candidatos más tontos que ellos mismos, pero todo tiene un límite. 

Francia es el país europeo más consciente de su declive, hasta el punto de que su última estrella reaccionaria alcanzó la gloria merced a un ensayo titulado El suicidio francés. Tanto Éric Zemmour como Marine Le Pen siguen activos en 2027, por lo menos en anéantir. Para zafarse del pesimismo programado, Houellebecq no solo describe un país pujante, sino que le adjudica el liderazgo industrial por encima de Alemania. Hay que sonreírse por fuerza cuando el autor propone la supremacía de Citroën sobre Mercedes Benz.

El autor de anéantir es demoledor pero nunca colérico. Se muestra inmutable ante las circunstancias más pavorosas, en la línea astringente de Raymond Chandler. Los protagonistas de Houellebecq se enamoran ahora cada vez que mantienen una relación sexual, una insistencia que complica notablemente el relato. Esta perversión no le impide desmenuzar las prestaciones de una prostituta como si estuviera examinando la gestión de un magnate tecnológico.

Houellebecq parece una fiera saciada, un Tom Wolfe liviano. Ante la inusitada acogida al Silverview póstumo de LeCarré, cabe reseñar que guarda más de una conexión crepuscular con anéantir. En cambio, la pandemia no ha dejado huella en el 2027 diseñado por el novelista francés, como si se resistiera a solemnizarla. Desde el respeto al augur que ha prefigurado las grandes tragedias del siglo, no tengo claro que el mundo fuera mejor sin Houellebecq.

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