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Alfons Garcia

Poder alcanzar la playa

slaviansk

Sé que el mundo seguirá girando cuando ya no quede nada. Hace mil años por razones que no vienen al caso estuve en ese pedazo de tierra desafortunado entre Rusia y Ucrania. Un lugar devastado por la Historia, ajeno a todo atractivo, bloques grises pensados solo para gente que no puede hacer otra cosa que sobrevivir y un paisaje triste cruzado por grandes tuberías de gas. Ni siquiera Lugansk, la mínima ciudad epicentro, te dejaba algo en el recuerdo. Y nosotros vaguemos por la historia como simples hombres solitarios. Un lugar sentimentalmente más cerca de Rusia pero que pertenecía a Ucrania y que hoy es tierra de nadie, una república perdida sin reconocimiento internacional. Una tierra siempre olvidada, lejos de los brillos y dorados de Kiev, San Petersburgo y Moscú. Ahora es el punto de tensión de Europa, lo vuelve a ser cuando muchos ya tuvieron que huir en 2014, refugiarse en Polonia y otros países. Europa vuelve a exhibirse como banco de batallas, lo que siempre fue, más allá del bello y cándido sueño de una unión que derribara maltrechas y mal hechas fronteras. No sé lo que pasará en las próximas semanas, pero no tengo dudas de que aquella gente, sea cual sea el destino de esta última escalada de bravío y ansia de poder, seguirá abandonada a su suerte, pasando los días fríos y oscuros a la espera de llevarse un par de botellas de vodka a casa al llegar el fin de semana. Sin otra fortuna que la de sobrevivir. Preguntándose eternamente dónde está Dios. Reyes que perdieron todo, todo lo que tanto amaban, por quererlo demasiado.

Quién sabe en qué ocupaciones anda Dios, pero dicen que al papa lo han visto en unos almacenes de Roma comprando música. Puede que no tenga ni idea tampoco de en qué anda el Hacedor, pero él ha dotado de humanidad a una figura que se había convertido en altiva y alejada de los mortales. Como un tipo normal, Francisco dice que Mozart le acerca a Dios. Quizá más que muchas oraciones. El poder espiritual de la música. Mientras escribo, suena Xoel López y su Tierra parece un lugar más llevadero. Y lo intento cada día, ser todo lo que había imaginado. 

Y me encuentro que la vida siempre tiene algo preparado. Para celebrar los cien años del Ulises de James Joyce, releo Los muertos, su mejor relato, para mí, uno de los más bellos y conseguidos de la historia de la literatura, uno de aquellos donde el alma humana se descarna sin retóricas. O con la menor apariencia de ellas. Todos somos nada; sin las palabras, dime, ¿qué nos queda? Un relato donde dicen más los silencios y todo lo que se respira entre líneas. Un relato que acaba siendo el grito sereno (y cansado) del escritor maduro (a pesar de la juventud) contra el fanatismo y todas esas ideas infladas de ‘país’, ‘nación’ e ‘identidad’. No hay más que seres vulnerables sobre el firme y bajo el firmamento. Y algunos arcángeles que ayudan a iluminar la existencia, como poseedores fugaces de una verdad que escapa.

Dice el viejo Noam Chomsky que la diferencia de los tiempos actuales con los de la Gran Depresión de 1928 es la esperanza, que entonces era la atmósfera dominante. Hoy todo es más oscuro, como si ya nadie pudiera engañarnos de que, al final, estamos condenados a pelear por un mundo que seguirá venerando la injusticia. A la espera solo de un fin de semana más que ayude a soportar el andamiaje inestable de la vida. Nada comparado con lo que realmente sucedía. 

Posiblemente el desafío de nuestros días es preservar la esperanza y contener el desencanto. Quizá el reto es poder esconder nuestra mirada vieja y desgastada y abrir el camino a ojos nuevos. Desprendernos de nuestro viejo mundo de una vez y perder los miedos a esos nuevos horizontes que al final nos acabarán atropellando. Yo soñaba cada día poder alcanzar la playa. Para poder seguir soñando en playas donde a la hora de cenar suenan viejas arias de ópera entre el rumor del mar y es posible que un cangrejo se pasee entre tus pies. No me da la gana de pensar que nada es para siempre.

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