Rabindranath Tagore dejó, hace más de cien años, una cita que deberíamos tener muy presente en la construcción de cualquier aspecto social. Afirmó que «el bosque sería muy triste si solo cantaran los pájaros que mejor lo hacen». Esta frase esconde multitud de connotaciones que conducen a una reflexión imprescindible sobre el modelo social que configuramos y, por supuesto, con el sistema educativo del que nos dotamos.

En este ámbito, la cita de Tagore nos conduce a una alusión directa a la inclusión, es decir, al objetivo de construir grupos heterogéneos en los que prima la diversidad, a la consideración de cada alumno y alumna como un ser único con sus propias fortalezas, debilidades y necesidades; a la existencia de un sistema de enseñanza-aprendizaje individualizado y personalizado. Esta cita nos conduce a la necesidad de estructurar un entorno educativo donde todos y todas tengamos nuestro espacio, donde todas las voces, más o menos afinadas, sean tenidas en cuenta. Porque solo así podremos prosperar, mejorar y aprender. Porque es el único camino para impregnarse de valores universales como el compañerismo, la comprensión y la aceptación de cada persona como individuo único e irrepetible. 

Sin embargo, ¿a qué nos referimos cuando hablamos de estos conceptos? ¿Únicamente supone que el alumnado con algún tipo de diversidad funcional se debe escolarizar en un centro ordinario? 

Evidentemente no. Los beneficios de la inclusión educativa van mucho más allá de formar grupos diversos en centros escolares o de atender a las necesidades individuales en la enseñanza. La inclusión en el aula supone aprendizaje, integración, sensibilización y en gran parte, la preparación de nuestros hijos e hijas para una sociedad real, para un mundo inclusivo y accesible para todos y todas en contextos cuanto más normalizados mejor. Supone la adquisición de unos valores que permitan construir una sociedad que no repita errores pasados: que no ponga barreras delante de quienes más complicado tienen avanzar.

Diariamente podemos observar cómo, el alumnado con necesidades educativas especiales derivadas de algún tipo de discapacidad, escolarizado en un centro ordinario, progresa, está más motivado en áreas como la estimulación del lenguaje expresivo y comprensivo, la estimulación motriz, el desarrollo intelectual, el control conductual y el desarrollo socio-emocional ya que al compartir su tiempo de aprendizaje con niños y niñas de su misma edad, crece sintiéndose uno más, sin estigmas, sin prejuicios. Al mismo tiempo, el alumnado normo-típico, observa y aprende de las capacidades de sus compañeros y compañeras y desarrolla valores como la solidaridad, el espíritu de superación, la ayuda mutua y la empatía, y la normalización de la diversidad, entre otros. Por tanto, habría que plantearse quién sale más beneficiado en todo este contexto de inclusividad. Desde luego que, colectivamente, es una absoluta necesidad.

Pero vayamos un poco más allá, ¿por qué limitarnos a hablar únicamente de su influencia en el alumnado? Estos beneficios llegan mucho más lejos, a los profesores y profesoras, a las familias, a los agentes externos, a los servicios socio-sanitarios, etc… y, sobre todo, al sector más importante, a la que será la sociedad del mañana. 

Actualmente hemos dado el primer paso consiguiendo que la inclusión llegue a las aulas y promoviendo espacios educativos diversos. Sabemos que, por ahora, todo se reduce a un planteamiento que se está empezando a materializar, que es un camino complicado, que hacen falta recursos, formación, etc.  Pero sobre todo, implicación. Por todo esto, en el Día Mundial de la Educación, no podemos dejar de reivindicar la necesidad de que la inclusión deje de ser un concepto y un aderezo a las políticas educativas para convertirse en una realidad. 

Y que todos los pájaros canten.