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Martí

La playa de la plaza del Ayuntamiento

De Luis y Errando firman en el MuVIM una de las mejores exposiciones del momento.

La playa de la plaza del Ayuntamiento Marcos Soria Roca

No participo de ese neolocalismo que publicita que ‘València no se acaba mai’. Lo que no tiene fin, tampoco principio. Es de primero de secundaria, pero que se lo hagan mirar, porque una cosa es el comboi y otra la filosofía, y lo segundo les viene muy grande. Las ciudades queridas son como las amantes, algunas llegan a parejas y otras abandonan la lista de contactos. Como la fantasía infinita solo conduce al onanismo, prefiero los futuros imperfectos que proponen Rafael de Luis Casademunt y Carlos J. Errando en el MuVIM. Ya tardan los que todavía no han ido. En una misma sala se puede rememorar la València de hace cuarenta años, disfrutar la actual e imaginar lo que la crisis climática se llevará. Dos exposiciones en una para saber que los amores urbanos también son irregulares.

De Luis.

Las fotografías de ‘València, 1980 + 40’ son la crónica de cuatro décadas vividas a la velocidad de la luz. Un paseo ciudadano que huye de la cronología para agitar la esencia vecinal, esa que se manifiesta de en vez en cuando para aclarar que todo se construye desde abajo, que sin base no hay altura. La cámara de Rafael de Luis Casademunt no únicamente funciona como documento histórico, también como memoria colectiva. En efecto somos lo que recordamos, como apunta el comisario Amador Griñó que añade algo en el que no puedo estar tan de acuerdo: «Nuestra cultura meridional, gracias a la climatología favorable y a la luz, nos invita a salir, a deambular, a encontrar -como hace el artista- agradables sorpresas y rincones desconocidos. A aumentar, sin caer en localismos, nuestro amor por esta ciudad». Pues eso, nunca se quiere lo que te inventas.

Errando.

‘València, futur imperfecte’ es una hostia en toda la cara contra el folklorismo. Los fotomontajes de Carlos J. Errando invitan a una profunda reflexión cada día menos apocalíptica. La imagen de la plaza de Cánovas convertida en un embarcadero, el edificio regionalista del antiguo Banco de València en una especie del Penyal d’Ifac y la plaza del Ayuntamiento transformada en una playa urbana son un serio aviso que el Cap i Casal está en la cota cero del nivel del mar. A ver si al final las calles que llevan el nombre con reminiscencias a la antigua ciudad fluvial y su primitivo barrio de pescadores van a tener por fin sentido. Su imaginación para que la puerta del palacio del Marqués de Dos Aguas sea como los hipogeos de las tumbas reales persas de los bajorrelieves en Naqsh-e Rostam, resulta lo más mordaz que he visto en los últimos años. En un golpe de ojo se viene encima todo el pasado musulmán y el juego subterráneo de la València trasvertida.

Contra los rancios.

Los artistas plásticos han ocupado el espacio de los poetas de antaño, y ahora son los principales baluartes de la cultura alternativa. Las nuevas tecnologías ayudan, pero el talento supera a los algoritmos. Admito que mi nivel de sorpresa está anémico con las propuestas paraoficiales, pero la iniciativa fotográfica de estos dos artistas en el MuVIM no me la esperaba, y por tanto, es de lo mejor que se ha programado en años. Me da mucha pereza imaginar el futuro, que seguro será imperfecto, pero mucho más la tendencia ‘renaixença’ de cierta pandilla letraherida a la que añade además un neorruralismo demodé.

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