En pandemia hemos observado situaciones que ponen de manifiesto que, siendo las democracias el mejor de los sistemas posible, sin embargo, en ellas se dan muchos problemas para tomar decisiones que beneficien al bien común.

Es lamentable que los gobiernos tengan que tomar medidas autoritarias o punitivas si quieren solucionar problemas que afectan a la sociedad. Por ejemplo, está comprobado que los accidentes de tráfico se comenzaron a controlar a partir de ponerse más duros con las multas y el carnet por puntos y, tenemos bastante claro que la violencia de género parece que podrá ir disminuyendo sólo si se incrementan las penas a los maltratadores.

Actualmente, hemos visto que, si Australia quiere controlar que no haya tantos contagios y, en consecuencia, menos problemas sociales y personales, hay que ponerse más duros. En China lo tienen claro y lo pueden hacer por ser un sistema autoritario; parece que les va mejor que a las democracias occidentales, tanto en el control del virus como respecto a su posicionamiento económico. Es triste, pero es así.

No pretendemos apoyar precisamente el uso de modelos autoritarios. Al contrario, hay que defender con firmeza la democracia como el modelo de convivencia que permite afirmar mejor el desarrollo de la justicia y equidad sociales.

Para vivir en democracia, hay que apostar desde la política, por un modelo de educación ciudadana que permita que todas las personas lleguen a interiorizar actitudes en las que la libertad individual se entienda como un beneficio que cobra su máximo valor, precisamente, cuando se ejerce sin limitar la libertad de los demás y sin dañar el bien común.

Novak Djokovic ha dado un buen ejemplo del daño que pueden hacer famosos, cuyos comportamientos influyen en el desarrollo de actitudes en otras personas. Su comportamiento ha sido muy negativo, pues ha envalentonado a quienes están en contra de las reglas que el gobierno australiano plantea como una forma de priorizar el bien común en la lucha contra la pandemia. En España, estamos orgullosos de Rafa Nadal, todo un ejemplo de ciudadanía, respetando las normas y a los demás y sin subírsele el triunfo a la cabeza.

La dialéctica entre libertad y bien común se ha dado siempre y se manifiesta prácticamente en cada problema social o en casos simples de la vida cotidiana. Por ejemplo, si saturamos el sistema sanitario por nimiedades, obviamente podemos perjudicar a personas que tengan problemas más graves y requieran atención temprana. Lo cierto es que tampoco se educa en las escuelas a tener una mínima visión acerca de lo que es benéfico para la salud, lo que no lo es, cómo distinguir un simple malestar de algo más grave, cómo alimentarse mejor, cuidar el medio ambiente y a los demás… Maestras y maestros incluyen, por iniciativa propia, muchas referencias educativas sobre temas que orientan a vivir mejor personal y socialmente, pero parece que para los gobiernos saber hacer una raíz cuadrada sigue siendo mucho más importante que educar para la convivencia ¡La gripe, por ejemplo, también se contagia! Y si tuviéramos el cuidado de no contagiar a los demás, probablemente nos iría mejor. Hoy sabemos que los japoneses llevan mascarilla cuando, por ejemplo, tienen un resfriado y que ir al trabajo o a la escuela, cuando se tiene una enfermedad contagiosa, es tomado como una falta de respeto a los demás. En España y en la mayor parte de países occidentales, si te quedas en casa porque tienes un poco de fiebre puede estar mal visto ¡Hay que inmolarse personalmente por conseguir los objetivos laborales! ¡No puedes dejar de ir al trabajo, aunque vayas a contagiar a media empresa! ¡Vaya paradoja! Porque, si los contagias, habrá más enfermos y peligrará más el logro de objetivos empresariales.

Obviamente es un problema cultural que parte de la educación. Distinguir entre libertad individual, cuándo y cómo usarla, respetando a los demás y propiciando el bien común es una asignatura pendiente en nuestra sociedad. No la puede superar sólo la escuela. Debe apoyarse precisamente por parte de todos aquellos que, como Djokovic, tienen potencial para crear opinión en la población. Boris Johnson, Primer Ministro de Reino Unido, tampoco ha estado acertado promoviendo medidas de control de la pandemia a la población que él mismo se salta y, además, miente. Los líderes políticos, más allá de que sean ejemplos de capacidad profesional para gestionar los designios de una sociedad, deberían ser referencias indudables de compromiso ético y de desarrollo personal para conseguir una sociedad cohesionada, en la que el bien común no sea desplazado por ningún interés personal o partidista que se refugie en una idea ególatra de la libertad individual. Si se quiere, entre todos, podríamos conseguirlo, aunque de momento no parezca una meta cercana. La pandemia es un problema, pero también está constituyendo una oportunidad para mostrar los caminos que nos conducirían a una mejor convivencia democrática.