Los historiadores, escribe Amor Towles en «Un caballero en Moscú», juegan con la ventaja del tiempo transcurrido para identificar cada episodio trascendental del pasado. Un pasado que siempre es masticable, etiquetable, con un principio y con un fin. Como periodista que ha seguido a un club de fútbol en derrapadas continúas en las dos últimas décadas, en cada análisis intento dar dos pasos atrás. No se trata solo de captar el momento, el impulso de lo inmediato, sino de describir el paisaje en toda su perspectiva posible. Desde esa mirada, vestir a Soler y Gayà con ropajes de posteridad implica conectarlos con los canteranos que aguantaron la bandera en el 86. Y que la crisis actual cerrará su paréntesis con la transición post-Meriton y del viejo Mestalla, pero tendrá su origen en la conversión en sociedades anónimas, en la perversión de las normas del juego. Los cambios de propiedad de 2004 y 2014 serían solo picos de euforia de esa misma época de convulsión y desenfreno. Y los tonos dorados de la era 1998-2004 son más destellantes desde la confusión actual.

Ese ejercicio de perspectiva es el que salvará, con el tiempo, a Jaume Doménech. El que protegerá un recuerdo en el que la imagen principal será colgado del travesaño del Benito Villamarín en 2019, en un diálogo con la idéntica fotografía de Quique en Chamartín en 1954, ante el mismo rival, con la misma sonrisa, obedeciendo al mandato que los agricultores jubilados de Almenara le emplazaron en la semana previa a medirse a Messi, a verse cara a cara con la Historia, con la hache muy mayúscula. La vehemencia de cada juicio en redes sociales, de cada tuit y cada meme ante su escaso academicismo gestual, será la traducción moderna de expresiones que ya conocimos en Puchades, al que apodaban «coll gelat», en el dicho «eres més lento que Buqué» o en los silbidos con los que Kempes acabó sus días de camiseta y pantalón blancos, y que Mario no ha olvidado. De ese modo, cada aventura exprés de Ranieri en la Premier la contemplaremos como las películas en decadencia de un cineasta que nos hizo muy felices. Y todo será cierto, pero al historiador del futuro le llegará en su justa categoría, residual y anecdótica. Un debate es el de la titularidad en la portería del Valencia, muy necesario, y otro negocio muy distinto la enmienda a la totalidad de su figura. En Jaume prevalecerá un compromiso y un compañerismo de fútbol antiguo, una defensa del club «quan el vent vaja a favor i enmig del temporal» y la honesta ovación del último día.

En julio de 2013, en una casa de campo de Almenara, no muy lejos de la marjal en la que con 10 años Jaume llevaba a pastar a más de un centenar de vacas y toros, fallecía Bert Trautmann. Me gusta pensar que llegaron a saludarse sin identificarse el uno y el otro, en sus paseos de guardametas solitarios. «L’alemà» era un vecino casi clandestino en la población. Se retiró en silencio y entre naranjos después de una vida de película. Paracaidista nazi en la Segunda Guerra Mundial. Luchó en Creta, escapó a una detención en la URSS, batalló en Normandía y el final del conflicto le sorprendió en un campo de concentración inglés. Con un físico privilegiado, se abrió paso como portero en los equipos mineros de la periferia de Liverpool y fue captado por el City. En cada estadio era abucheado por su pasado militar. Pero con los años acabó siendo un símbolo de reconciliación entre ingleses y alemanes. Y siempre se le recordará, por encima de todo, por su actuación en la final de FA Cup de 1956 contra el Birmingham ante 100.000 espectadores en Wembley. Con un 3-1 favorable, en el último cuarto de hora efectuó dos paradas milagrosas pese a estar semiinconsciente, con cinco vértebras rotas y en serio peligro de muerte. No recordaría el momento en el que subió los 39 escalones hacia el palco, ni tampoco cuando estrechó la mano de Felipe de Edimburgo.

Cuando Jaume se vaya del Valencia, se retire y acabe sus días en la paz de Almenara, será el guardameta del 25 de mayo de 2019. La noche del Benito Villamarín será nuestro Wembley, a la misma altura que la tarde que inmortalizó a su vecino Bert Trautmann. Y pese a este ruido, el dictamen de los historiadores del futuro será sabio y justo.