En una de sus canciones más célebres lamentaba el bueno de Pau Donés que la primavera no llegaba. Y así se repetía una y otra vez en un estribillo compuesto por un desánimo arraigado que también contenía un brote de esperanza. Nunca antes he deseado tanto la llegada de esa estación en la que resurgen los pensamientos, esa viola tricolor, brotan las fresas y verdean los campos. Y es que la noticia cada vez coge más fuerza en la prensa y en algunos telediarios. Cabe la posibilidad de que con la llegada de esta primavera el virus que no cesa en amenazarnos en ese tablero blanco y negro llamado realidad, donde nosotros solo hemos sido los peones, podría convertirse en otra cosa. Algo menos mortal, más dócil y sobre todo más llevadero. A estas alturas de la película –de terror, sin duda– y después de haber perdido la cuenta de las olas, desescaladas y restricciones que vienen y van, ya hay quien se atreve a hablar de su desaparición. Se llama Mette Frederiksen y es la primera ministra danesa. A partir de febrero en Dinamarca se despiden de las restricciones y dan la bienvenida a la vida que conocíamos antes. Aunque celebro las palabras de Frederiksen y me alegra el corazón, los precavidos optimistas preferimos tener el inicio de la primavera como esa día D. ¿Recuerda usted hace casi dos años cuando practicábamos el insomnio, aplaudíamos desde los balcones al caer el día y llegamos a fabricarnos mascarillas caseras, ridículas e ineficaces para ir a comprar papel higiénico? Cuando nos prohibieron taxativamente, bajo amenaza de muerte, los abrazos, besos y caricias con nuestros seres queridos. El planeta entero silenció. Porque si el miedo nos acalla más lo hace la tristeza. Desde entones hemos echado mucho de menos aquellas pequeñas cosas que tantas veces nos recordó Serrat. «Yo es que soy muy de tocar», llevo escuchando los dos últimos años en boca de hombres y mujeres que al decirlo miran a un horizonte que solo ellos ven. Lo expresan con un pozo de melancolía en su mirada. Ese único territorio que no sabe mentir y en el que hemos aprendido a intuir sonrisas e interpretar intenciones. «Primavera que sí llega», me sorprendo pronunciando a solas cuando nadie me ve y leo los pronósticos benévolos del virus cómo quien habla de anticiclones que se desplazan al norte del hemisferio para no regresar. Así me encuentro yo, en este febrero convulso en el que una vieja Europa se olvida con facilidad que las guerras, como las rondas, no son buenas, que hacen daño, que dan pena y que se acaba por llorar. Esperando la irrupción de la Prímula, esa primera flor con la que la naturaleza inaugura la anhelada primavera. ¿Se imagina por un instante que nos levantan la veda de los abrazos? Que regresan las sonrisas liberadas de sus bozales. Que al tiempo que el naranjo en flor nos inunda de dicha, podemos organizar una cena en casa con los amigos de siempre que se han convertido en los invitados de nunca. Que a la hora del patio los niños jueguen sin mantener las distancias e intercambien sus bocadillos de mortadela y Nocilla. Que los sanitarios viajen a playas blancas donde un sol les acaricie la piel y les de las gracias en nombre de la humanidad. ¿Se imagina un escenario así? «Una vida de antes», dice Mette Fredericksen. Una vida que no valorábamos, como no se valora lo que se cree que se tiene para siempre. He escrito esta columna escuchando a Juan Sebastian Bach. Y acabo de descubrir que esa música también es primavera. Tomémoslo como una señal. Si usted pronuncia en voz alta Bach suena igual que la palabra volver en inglés. Porque no lo dude. Fredericksen tiene razón. Volveremos a esa vida.