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Amparo Zacarés

reflexiones

Amparo Zacarés

Tomar partido

Estos días ha sido muy comentado el lapsus de la prensa deportiva al celebrar que nadie antes había conseguido tantos triunfos en tenis como Rafa Nadal. Hasta aquí nada nuevo. La tónica general es infravalorar los logros de las mujeres en el deporte y eso es lo que ha vuelto a ocurrir puesto que los 21 títulos individuales del tenista español ya fueron superados con anterioridad por Margaret Court con 24, Serena Williams con 23 y Steffi Graf con 22. El revuelo mediático que provocó este olvido hizo que las noticias empezaran a nombrarle de manera más precisa como «el primer tenista masculino» que había ganado tantos Grand Slam. Esta rectificación dice mucho del momento que estamos viviendo pero también demuestra que sin contestación social no se hubiera enmendado el error y que, a poco que se baje la guardia, se sigue tropezando con la misma piedra. En realidad, en el mundo del tenis, no es la primera vez que los estereotipos de género dominan en el imaginario de la épica deportiva. Un caso muy sonado ocurrió en 2016, en las olimpiadas de Río de Janeiro, cuando Andy Murray denunció el sexismo del periodismo deportivo. Un periodista de la BBC, le felicitó por ser «la primera persona en ganar dos oros olímpicos en tenis». Sin embargo, el tenista le corrigió de inmediato y no tuvo reparo en señalarle que ya las hermanas Williams tenían cuatro medallas de oro en su haber. Con ello no solo defendió el tenis femenino sino que a la vez le recordó que las mujeres también son personas. Queda claro que su respuesta es un buen ejemplo de la implicación de los hombres en la lucha por la igualdad y una prueba más de que la educación no sexista ha de iniciarse durante la infancia en la familia y en la escuela primaria. De hecho, las convicciones feministas de Andy Murray no pueden desvincularse de la impronta de su madre Judith Mary Murray, toda una eminencia en el tenis profesional de su país.

Por otra parte, no había terminado la semana cuando saltó la polémica de un mensaje de audio, grabado en un grupo privado de WhatsApp, que dejaba en muy mal lugar al entrenador del Rayo Vallecano femenino, Carlos Santiso. Otro caso más de cómo en el deporte predomina un mundo construido por y para los hombres. En ese sentido, es más que conocido lo mucho que costó que las mujeres pudieran incorporarse profesionalmente a las disciplinas y las competiciones deportivas. Un dato que obedece en esencia a la distribución sexista del espacio, dado que el deporte se realiza en el exterior que es el lugar tradicionalmente ocupado por los varones y restringido a las mujeres. Con todo, que un profesional haya alentado a una violación grupal como forma de generar cohesión y levantar los ánimos a los jugadores que entrenaba entonces, es algo más que inaceptable. Y no debe resultar extraño que, en estos tiempos de manadas, sean muchas las voces que hayan manifestado su disconformidad y consideren incongruente que siga al mando de un equipo de fútbol femenino. Ahora bien, minimizar sus palabras y dejarlas pasar sin más como una broma machista, refleja lo difícil que aún resulta reconocer la «cultura de la violación» en el lenguaje cotidiano.

Este tipo de violencia sexista se percibe en una progresión que va desde los comentarios machistas a los abusos físicos. Es en este contexto cultural en el que los hombres interiorizan que la violencia sexual es algo inevitable y que las mujeres han de estar siempre disponibles para cumplir sus deseos, sin importar su voluntad o consenso. Por este motivo, entre varones es habitual que las frases hirientes hacia las mujeres se entiendan como simples mensajes calientes o subidos de tono. Y si se les insiste en que se trata de un comportamiento inadmisible, lo corriente es que se sientan frustrados y se muestren a la defensiva. Como mucho, piden perdón y aparecen reconfortados cuando comprueban que sus explicaciones bastan para que el club les disculpe. Y esto, que no es un caso aislado, es lo que ha sucedido en esta ocasión. Así, a la espera de que la federación tome alguna medida, la afición mantiene su indignación y las futbolistas han vuelto al campo de juego calladas y sonrientes que es la manera en la que durante siglos el patriarcado ha querido a las mujeres. Una forma más de tirar balones fuera y esperar a que el temporal de críticas amaine. De ahí la importancia en recordar que, tras los Juegos de Río de Janeiro, se creó el programa «On Win Leads to Another» para fomentar el liderazgo y el empoderamiento de las adolescentes mediante el deporte. Una iniciativa impulsada por ONU Mujeres, el Comité Olímpico Internacional (COI) y Always. Ese fue el legado de aquellos juegos olímpicos con el que se quiso reforzar la igualdad de género en el ámbito deportivo y tiene como objetivo que las jóvenes deportistas sean alentadas a desarrollar la confianza, la fortaleza y la resiliencia con que hacer frente a los retos que se les presenten en el estadio y en la vida misma. Por eso, ante manifestaciones tan desafortunadas que nadie puede compartir, hay que tomar partido y reclamar la responsabilidad que en su caso concierna a directivos y puestos de mando con proyección pública.

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