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Martí

El actor-guía contra el "brilli, brilli"

David Herrera publica un interesante libro sobre la ciudad con historias pocos conocidas de sus calles y monumentos

Valencia eterna

La sociedad menos religiosa del mundo con las elites más católicas. Si los agnósticos procesionan y los nacionalistas locales ofrendan nuevas glorias a España, no sé a quién extraña que la nueva izquierda exhiba provincianismo a cuenta de un fasto cinematográfico, eso sí entre ellos, porque nadie tuvo acceso a un selfi con celebridades, aunque lo intentaron, pero ahí el carné botánico no valía. El redescubrimiento de la València de Calatrava también ha sido farisaico, igual que ese amor repentino por una ciudad que ven desde el coche oficial. De esa política «brilli, brilli» no quedarán ni esas fotos falseadas. Los tatuajes urbanos son más sofisticados como recoge David Herrera en ‘La Valencia eterna’ (Sargantana), una buena historia de la ciudad pese a la grandilocuencia del título. Un texto correcto con unas fotografías de Ana Sánchez con enfoques nuevos, que ayudan al relato. Herrera (València, 1977) es licenciado en Historia y diplomado en Interpretación Teatral, una combinación que le llevó a ser uno de los pioneros en organizar visitas guiadas teatralizadas, esas que deberían servir más a los vecinos que a los turistas.

Calle de las Barcas.

El trabajo de Herrera y Sánchez supura honestidad, poco común en otros álbumes similares editados con dinero público para mayor gloria del saluda institucional. Divido en cuatro capítulos - «Calles y plazas», «Espacios verdes», «Monumentos» y «Monumentos desaparecidos»-, sabe de lo que habla. Por ejemplo acierta en el origen del nombre de la calle de Las Barcas: «Se sabe que su nombre primigenio fue el de ‘Vall Cubert’ hacia el siglo XV, pues seguía el mismo recorrido que un valladar de una acequia de gran tamaño, que se aprovechaba para transportar ya fuera en carromatos o en galeras las barcas y medianas y pequeñas maderas que se realizaban allí mismo. De ahí su posterior nombre de las Barcas que a mediados de 1600 ya se encuentra en documentos de la época». En el apartado de «Espacios verdes» aborda con precisión el germen del Jardín Botánico a finales del siglo XVI, el primer parque diseñado para el estudio de plantas medicinales, de una clara influencia italiana.

Palacio de Cervelló.

David Herrera explica la historia de esa mesurada fachada de la plaza de Tetuán donde en sus paredes se condensa la historia de València de los últimos siglos. El palacio construido tras el matrimonio de Juan Basilio de Castellví y Coloma con Francisca María de Mercader y Cervelló -cuarta condesa de Cervelló-, fue residencia de los monarcas españoles cuando visitaban València, donde Fernando VII preparó la supresión de las Cortes de Cádiz y la vuelta al Estado absolutista. El desafortunado Amadeo de Saboya -reinó tres años-, fue el último rey en alojarse en el palacio que cayó en olvido hasta que 1930 fue recuperado para ser la sede de la Derecha Regional Valenciana de Luis Lucia, José Duato, Manuel Simó e Ignacio Villalonga. Pero en 1936, tras el golpe de Franco que provocó la guerra, pasó a ser la sede del Partido Comunista. El Ayuntamiento lo compró en 1987, donde instaló el Archivo Histórico Municipal. Pero sigue desaprovechado.

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