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Alfons Garcia

A vuelapluma

Alfons Garcia

Madrid, sin más

Una imagen reciente de la sede Génova tras la crisis del PP.

Iba a titular esta columna ‘Madrid es el problema de España’, pero me ha parecido excesivo. No por Madrid como concepto triturador de ideas y megalópolis donde empieza y acaba todo en este país. Ni siquiera como foco extractor de recursos y pseudoparaíso fiscal donde acaban asentando sus residencias todos los que tienen mucho para pagar menos. No por filosofía ni economía, materias fútiles al fin al y al cabo, sino por la gente corriente que ni pincha ni corta y observa estupefacta como el Donbás español está en Génova 13. Eso quiero pensar, aunque tampoco voy cargado de fe sobre el concepto de ‘gente’ mientras oigo a un compañero que vigila los datos del digital: «La gente quiere saber más de Bertín y Obregón que de Ucrania o del PP». ¿Está pasando algo en Rusia? La gente: uno de esos conceptos impersonales (perdonen la contradicción) que representa el todo y la nada y que sirven para que otros declaren guerras en su nombre. «Esa gente que protestó ante la sede el domingo no es el PP valenciano», me dice un dirigente del partido. «Es el Madrid del barrio de Salamanca», sentencia. O sea, un subtipo especial de ciudadano habituado a creer que el poder le viene en vena. Fue, conviene no olvidar ahora, ese PP el que encumbró a Pablo Casado frente a Sáenz de Santamaría. Así, el que lo puso se convierte en pieza clave para la caída. Es, además, la victoria del megacentro sobre toda una institución política española. Los problemas de los mandamases del PP con Madrid no son de ahora, ya Mariano Rajoy se las tuvo con Esperanza Aguirre. Pero es la primera vez que el resultado se invierte y el supercentro tumba al gran líder y a su escudero, que ha demostrado que, sin mano izquierda, el infierno (político) llega antes. Alberto Núñez Feijóo, el deseado, deberá tener presente esta victoria de Madrid si finalmente se alía con Díaz Ayuso (explícita o tácitamente) para tomar las riendas del PP en su peor momento. Y deberá tenerlo en cuenta Esteban González Pons si, como parece, regresa a la calle Génova para vestir de moderación al PP al lado de su viejo amigo gallego. Y mientras tanto, nadie en el PP (y pocos fuera) habla de los pagos al hermano de Díaz Ayuso en lo peor de la pandemia. Y mientras tanto, pasa desapercibido que la guerra de verdad (la pública, no la soterrada) la empezó ella hace una semana. Y mientras tanto, Casado se lleva todas las iras (Pablo Iglesias podrá hacer una tesis doctoral, otra, después de esto sobre el poder mediático de la derecha madrileña). Y mientras tanto, el PP valenciano, en la marginalidad de las baronías. Y mientras tanto, las ideas en una papelera, porque Casado y Ayuso han estado en un rincón ideológico muy cercano en la franja conservadora. Esto ha sido básicamente poder.

Poder, estrategia y errores. Y en esta última semana, Casado y los suyos han cometido más fallos que la presidenta. Errores de debutantes casi, de provocar el sonrojo. Los profesionales de la política llevan mal el ridículo de los suyos y Casado y García Egea han superado esa línea. Primero, al deslizar acusaciones contra la presidenta de Madrid sin tener los papeles. Y segundo, por archivarle el expediente al dar por buenas sus explicaciones sobre los negocios del hermano cuando se le había abierto no por ello, sino por las descalificaciones que había vertido contra el presidente del partido.

Iba a titular esta columna ‘Madrid es al problema de España’, pero hoy no tengo el cuerpo para muchos victimismos. Madrid, sin más, que ya es bastante. Uf!

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