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Aquel escritor tuvo durante años un gran éxito de público, pero la crítica lo ignoraba porque no llegaba, ni de lejos, a la consideración de un autor literario. Sorpresivamente, al cumplir los sesenta, empezaron a decir de él que era bueno. El desconcierto fue grande para el autor, pues él mismo era consciente de que sus novelas constituían un mero entretenimiento para lectores poco cultivados. Pero se dejó querer en la convicción de que el malentendido duraría lo que dura una moda. Lejos de eso, su fama de buen escritor creció y creció incluso más allá de las fronteras de su país, siendo objeto de numerosas traducciones. Enseguida comenzaron a llegar también los reconocimientos oficiales: las medallas, los premios, los doctorados honoris causa de las universidades del ancho mundo. El escritor continuaba dejándose querer, aunque le causaba asombro que nadie, excepto él, se hubiera dado cuenta de que era un prosista atroz y de que sus historias estaban construidas sobre tópicos intolerables. «No puedo ser el único lector inteligente de este país», se decía. Jamás había practicado la crítica, pero era capaz de distinguir la buena de la mala literatura, pues aun practicando la mala, era consumidor de la buena: «Como el que sabe comer bien sin tener ni idea de cocina», pensaba. Su mujer y sus hijos, que nunca habían tenido dudas acerca de su condición de escritor de quiosco, se sumaron a la idea dominante de que era un genio y trataron de hacérselo creer a él, que fingió creérselo. Ya cerca de sus últimos días, dudó si convocar una conferencia de prensa para deshacer el error. No le gustaba la idea de morir dejando aquella herencia de plomo bañada en oro. Lo habló con su mujer, que le atendió con la paciencia del que escucha a un individuo senil y que pidió ayuda a los hijos para evitar el disparate. En unos meses, con el auxilio de la psiquiatría y la justicia, lograron incapacitarlo, de modo que la conferencia de prensa no se dio. Tras su muerte, sus libros se hundieron en el olvido. Años después, un estudioso se interesó por lo pintoresco del caso y estuvo a punto de escribir un libro, pero le dio pereza.

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