Cerca de mi casa se encuentra una de estas tiendas de una conocida cadena de compraventa de objetos. El «negocio», por lo que se ve, se realiza más en la calle que en el interior del comercio. En este black market de cada día llama la atención un grupo de jubilados que compiten con subsaharianos, magrebíes y latinos en el cambalache de bicicletas robadas o móviles sustraídos. Me imagino que será para completar su exigua pensión a pesar de los esfuerzos del ministro Escrivá por apañar la cosa. Estos días las vitrinas de la tienda ofrecen como novedad un violonchelo de tamaño pequeño, bueno digo pequeño porque comparado con otros modelos a mí me parece de un tamaño menor, aunque no soy experto en la materia violonchelista. Mis referencias por lo que se refiere a este instrumento comienzan -y acaban- con el maestro Pau Casals y por la vertiente cinematográfica, con Audrey Hepburn en la película Ariadne tocando el violonchelo en su habitación mientras se liga a un sexagenario Gary Cooper.

Me llama la atención la figura del violonchelo en la tienda en medio de una jungla de artefactos, cafeteras, libros electrónicos, ordenadores, consolas, móviles y otros objetos, donde sobresale con elegancia- y su toque de glamur- este instrumento de la familia de violín. Casi como una figura fantasmal, desembarcada de otro tiempo mucho menos vertiginoso. Y sin duda, menos feo. Para acompañarlo en su soledad musical, tiene como vecinos o partners secundarios una guitarra eléctrica y una guitarra española. Mi imaginación me lleva a pensar quien habrá sido la persona que ha tenido que desprenderse de él, separarse de un objeto con el que sin duda ha compartido muchas horas de felicidad, de duros ensayos frente al atril intentando sacarle punta musical al señor Bach y ahora entregado, sin misericordia, al feroz mercado de la compraventa. Desde mi visión más romántica pienso en un pobre músico, a ser posible de un país centroeuropeo, que se ha visto obligado a renunciar a él para poder pagar el alquiler de su habitación. Desde una visión más pragmática, la persona que se ha desprendido de él- seguramente- lo ha cambiado por un modelo más nuevo y de mejor calidad. Sea lo que sea, siempre que paso por delante de él me detengo frente a la vitrina, esperando esa persona que entre en la tienda y lo rescate, devolviéndolo a la vida musical.

No sé si alguno de los politicos de Vox, ahora que estos días están sonando tanto con motivo de las recientes elecciones de Castilla y León son aficionados al violonchelo o algún instrumento, a parte del toque de corneta; creo que su cabeza de cártel un tal Juan García-Gallardo lo suyo es más la cosa equina y soltar su bilis y de paso sus coces -metafóricamente- en las redes sociales contra gays, feministas, inmigrantes y otros colectivos. Supongo, ahora que pasará a tener voz parlamentaria intentará mejorar su verbo y exabruptos dejando sus «pecados de juventud» en el limbo digital. No es lo mismo, ser un chico bien y de derechas-derechísimas que se divierte en las redes sociales lanzando incorreciones y mensajes intolerantes que, a partir de ahora, cada vez que abras la boca te pongan un micrófono y quedes enmarcado de frente y perfil. Aunque siempre le quedará la revista Vanity Fair para un bonito reportaje en plan Curro Jiménez- versión lifestyle- trotando alegremente por las serranías castellanas y comiéndose un buen plato de judiones estofados. Vuelve a llamar la atención a propósito de las recientes elecciones castellanas el hundimiento de Ciudadanos- y ya van unos cuantos- y el trasvase de diputados entre las dos formaciones. Si en la anterior legislatura, los muchachos del señor Abascal solo contaban con un diputado regional y los de la señora Arrimadas tenían 13 representantes, ahora se cambian las tornas, y Ciudadanos pasa a tener un único diputado, y Vox, 13. Curiosas coincidencias y transacciones. A ver, si va resultar, que aquel votante centrista y liberal que enarbolaba el señor Rivera como estandarte, en realidad no le hacía ascos a los discursos más xenófobos e intolerantes y lo suyo era como aquella canción «sombra aquí, sombra allá, maquíllate, maquíllate», puro teatro electoral. No sé como acabará el culebrón Rivera a propósito de su paso- o mal paso- por el bufete de abogados, pero la verdad que te acusen de poco trabajador no es lo mejor para tu LinkedIn. Sólo faltaba que te cantaran aquello de «soy un señor, soy un truhan». Como siga así la cosa, lo veo como road manager de su mujer Malú para la próxima temporada de bolos. Que tampoco sería tan descabellado, el mundo artístico, musical, cinematográfico, está lleno de parejas donde el cónyugue o marido de la estrella ha ejercido de representante o manager a la hora de llevar los negocios de su pareja. Y seguro que resulta mucho más entretenido el trabajo que ir todos los días a un aburrido despacho de abogados.