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El agua y la guerra

Un punto de vista “líquido” sobre el conflicto de Ucrania

El agua corría no se sabía hacia dónde ni para qué.

“El beso”, Antón Chéjov

Con la llegada de la primavera celebramos cada año el Día Mundial del Agua aunque en esta ocasión el 22 de marzo nos sorprende con la guerra en el continente y las penosas consecuencias que lleva acarreadas. A lo largo de la historia el agua ha sido motivo de conflictos entre unos y otros países y aún lo es en varios de ellos. El caso ruso-ucraniano no supone una excepción.

Entre tanta destrucción hemos reparado poco en que una de las primeras acciones del Ejército invasor fue la reapertura del Canal de Crimea del Norte, que había sido cegado por las autoridades ucranianas tras la anexión de la península por Rusia en 2014. Se trata de una infraestructura construida en los años sesenta para atender las necesidades de aquella región. En 1954 los mandatarios soviéticos habían determinado la cesión de Crimea a Ucrania aduciendo “su proximidad territorial, los puntos en común de sus economías y los estrechos lazos agrícolas entre ambas”. Es especialmente revelador esto último pues ocho de cada diez litros consumidos por los crimeos llegaban por este canal y en buena parte atendían al riego de las extensas superficies de cultivo de arroz, maíz y soja. El caudal que llegaba desde el río Dnieper se conducía a través de 400 kilómetros, atravesando el istmo de Perekop hasta la ciudad de Kerch en el extremo oriental de la península.

Es este lugar desde donde parte el nuevo puente que Putin ordenó construir para mantener un acceso terrestre abierto desde Rusia hasta la península, que se inauguró en 2018 con el paso de un camión conducido, cómo no, por él mismo y a través del cual circulan un número ingente de cisternas para alimentar las necesidades más perentorias de ese entorno. Una ínfima parte de los muchos millones de metros cúbicos que habían convertido las áridas llanuras crimeas en fértiles explotaciones agrícolas. Estos últimos años se han dejado de sembrar muchas de ellas y allí donde lo han hecho se han sustituido los cultivos por otros de mucho menor rendimiento, girasol por ejemplo. El abastecimiento doméstico corre la misma suerte. Simferopol, la capital administrativa, sufre restricciones que han llegado a alcanzar hasta veinte horas diarias y la calidad del agua suministrada en muchas poblaciones, procedente de captaciones subterráneas, deja mucho que desear pues está contaminada con ácido sulfídrico.

En julio del pasado año el gobierno ruso planteó una demanda ante el Tribunal de Estrasburgo para restituir el flujo de agua del canal. Anteriormente había apelado al Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos puesto que entendía que Ucrania contravenía el convenio de los cursos de agua transfronterizos, argumentando que ésta no respetaba el inalienable derecho al agua potable, el derecho a la propiedad o el respeto a la intimidad y a la vida familiar entre otros. A la vista de lo acontecido estas últimas semanas resulta incalificable.

Buena parte de las regiones ucranianas que eran lugares agradables para vivir se están convirtiendo en zonas devastadas por muchos años. La regresión afectará igualmente a Crimea y a tantos otros territorios rusos empobrecidos por el dispendio absurdo de la guerra y por las sanciones internacionales. Las tierras junto al Mar Negro y al de Azov, junto a las que nació y vivió Chéjov y que conocieron tiempos prósperos estas últimas décadas, recuerdan ahora a la isla de Sajalín a la que viajó. Aquel lugar inhóspito, penal y destierro de desgraciados al que la administración zarista definió como una cárcel rodeada de agua y repleta de calamidades.

Los ingenieros de caminos, canales y puertos de varias generaciones aprendimos a hacer algunos cálculos con el libro que escribió el profesor Ven Te Chow “Hidráulica de Canales Abiertos”. Él sabía bien hacia donde iba el agua y para qué, y como dedicatoria de aquella obra dejó escrita una frase que bien podría encabezar el acuerdo de paz que esperamos se firme cuanto antes: “A la humanidad y el bienestar humano”.

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