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Juan José Millás.

Pagaría por verlos

El ministro ruso de Exteriores, Serguéi Lavrov. RUSSIAN FOREIGN MINISTRY

De los rusos que mandan, apenas conocemos la jeta del ministro de Asuntos Exteriores y la de Putin. Ahora bien, yo veo esas jetas en el metro y me cambio de vagón porque se han metido ahí para rajar a alguien, seguro. De momento, están llenando las morgues de cadáveres amontonados, de montañas de cadáveres, y hablamos de montañas en el sentido literal, no en el figurado. Es decir, de cadáveres apilados a lo loco, de manera que los brazos y las piernas de unos se confunden con las de otros dando lugar a un agolpamiento de carne que pone los pelos de punta. Hay que tener mucho estómago y muy poca conciencia para erigirse en una especie de arquitecto inverso de la vida. Allá donde había un cuerpo entero, Serguei Lavrov y Putin lo han partido por la mitad como el que juega con un recortable para obtener dos piezas sanguinolentas cuya visión les debe de excitar hasta lo indecible. Allá donde había un hospital con mujeres a punto de dar a luz, estos dos asesinos en serie envían un misil para recibir con fuego al bebé a punto de venir a este mundo. Les gusta romper las cosas, trocearlas, les gusta eviscerar, sacar los ojos, extraer la sangre, destruir edificios familiares. Y lo llevan reflejado en la jeta: la cara como espejo del alma. Hablo de Putin y de Lavrov porque son los que salen en la tele. No salen los generales, ni los coroneles, ni los comandantes que dirigen las operaciones a distancia, quizá disfrutando de los bombardeos a través de los monitores de la tele. Me parece escuchar sus risotadas cada vez que revientan los cristales de un edificio de diez o doce plantas donde hasta hace poco vivían familias con botellas de leche en la nevera y cepillos de dientes en el cuarto de baño. Hay gente mala en el mundo, gente a la que es muy difícil convencer desde la razón, pues no la tienen, ni desde las emociones, pues carecen de ellas. Estaría bien ver las jetas de todos estos tipos del mismo modo que vemos el rostro de los que sufren. Hay un desequilibrio enorme entre el número que nos muestran los telediarios de los segundos y el que nos muestran de los primeros. De hecho, solo hemos visto a Putin y a Lavrov, pero tiene que haber más, quizá decenas, cientos. Pagaría por verlos. 

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