He de manifestar que me he sentido tentado a opinar sobre alguno de los grandes temas que se apoderan de la vida de las personas. Me he contenido. Me veo liberado de la acusación de escribir de espaldas a la realidad, porque he lanzado advertencias que me parecen fundamentales: a base de descuidar aspectos menores de la cotidianeidad «los vuelcos de la opinión surgen tan pronto como se da una oportunidad para hacer patente el hartazgo provocado en los ciudadanos por tanta barrumbada y tanto desperdicio en un mundo carcomido por los excesos y las necesidades». Hoy estamos viviendo con mayor o menor cercanía una situación como la descrita.

No creo que exista un ciudadano que no censure las reacciones ministeriales ante, por ejemplo, la huelga de los transportistas. Mi recuerdo de muchos años me permite reconstruir la imagen de un vecino que arrancaba su camión antes de romper el día o que cortaba mi sueño al aparcar su camión muy entrada la noche; así, todos los días y, a veces, tardaba dos o tres días en aparecer por nuestra calle. Me cuesta mucho pensar que un hombre del temple y madera de mi vecino se lanzara a fortalecer a Putin o que vinculara su protesta a favor de las ideas que defiende la ultraderecha. En cualquier caso, su trabajo diario repleto de horas bien hubiera merecido la pena que se considerara con el mayor detalle las condiciones en que hacía ese trabajo y que se hubiera buscado aliviarlo.

Me supongo que la ministra del ramo y las ministras y ministros asociados al transporte han de tener la mejor información sobre las condiciones en que miles de trabajadores, sean o no autónomos, realizan su trabajo. Esa información debiera haberlas sensibilizado y favorecido que se adelantaran a la explosión que se ha producido en nuestros cuatro puntos cardinales. Lejos de rechazar el diálogo bajo pretextos más o menos ridículos, debieran de haberse anticipado y previsto que esta huelga era algo cantado. Creo que la ministra de Transporte debiera presentar su dimisión o bien ser cesada ante la falta de previsión del conflicto y ante la forma en que ha conducido la respuesta. ¡Qué argumentación tan vergonzosa! ¡Las fuerzas de seguridad no están para analizar las cuentas de explotación de las empresas de esos trabajadores! Es lo único que ha aportado para solventar el conflicto.

Lo cierto fue que el camionero que acompañó mis años de infancia y juventud un día vendió su «pegaso» y se dedicó con una furgoneta al porte de proximidad. Pasaron varios años y un buen día en la calle Zamora me topé con Toño, el hijo de mi vecino que, como yo, había vivido al nivel de la calle. Me supongo que la verdadera contrapartida de aquellas marchas antes de romper el día, fuera invierno o primavera, habían hecho posible que Toño estudiara Medicina en Salamanca. En la niñez le había envidiado cada vez que lo veía en la cabina de su «pegaso»; pero llegado el momento sus padres no quisieron para él lo que entendían como una vida de esclavos. Así me lo relató y así se lo traslado, Sra. Ministra que dice ocuparse del trasporte; esto es, de mejorar las condiciones en que los trasportistas realizan su trabajo. No pierda ni una hora más en analizar sus problemas porque lo que ellos colaboran en resolver, no debe ser encomendado a las fuerzas de orden público.