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Alfons Garcia

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Alfons Garcia

El poder del perro

El poder del perro Levante-EMV

Este artículo no va de masculinidades tóxicas, que podría, porque motivos siempre los hay, aunque sí va en cierta manera de instintos reprimidos. Una función de los diarios, poco valorada, es hacer que el desayuno se te atragante algunos días y no tengas escapatoria a la realidad. Desde este lunes una de las imágenes de esta guerra será la de la crueldad en Bucha. La imagen que para mí la resume es de Sergey Sapinsky. Muestra a un hombre muerto tirado en una acera de la ciudad junto a su bicicleta. Al lado, un perro tumbado. Un perro grande, tranquilo, esperando el milagro que no será mientras mira fuera de foco. La fotografía transmite la normalidad del terror. Ese hombre podría ser cualquiera en un día cualquiera con su cartera y su bicicleta volviendo a casa o yendo al trabajo. Ese perro que parece, atónito, no entender nada es la imagen de cualquier guerra. Bucha puede ser el Srebrenica de Putin, el símbolo de la crueldad extrema, como la matanza en la ciudad bosnia lo fue para Karadzic y Mladic en los Balcanes. Hay momentos, imágenes, en que ya no hay salida política ni redención posible. Eso quiero pensar, aunque Rusia no es un pequeño país en el cruce neurálgico de Europa. Ahora, no obstante, es el momento de controlar los peores instintos, de marcar la diferencia entre la civilización y la barbarie. Si se puede. Si antes no estalla todo.

El diario te obliga a pasar página. Así son el papel y la vida. Y en la siguiente te encuentras la victoria de Orban en Hungría, el representante más conspicuo de la nueva ultraderecha europea, el amigo de Putin. Y de Abascal. Dice la crónica que una de las razones de la victoria ha sido que ha sabido presentarse como el garante de la paz con una guerra al otro lado de la frontera. Así de complicados son estos tiempos: el aliado de Orban empieza una invasión y una guerra y él utiliza el no hacer nada, que es en el fondo ayudar al amigo agresor, como una forma de reivindicar la paz. Más que paz, diría orden, ese concepto que anestesia conciencias y que tanto gusta a la nueva ultraderecha. Así de complicados son estos tiempos, donde los mensajes se mezclan y distorsionan y la realidad acaba siendo un periódico mojado en medio de un charco de barro. Cuesta encontrar algo de claridad. Dice la crónica que el control estatal de los medios de comunicación, el reparto obsceno de los espacios electorales y la reforma de la ley electoral para potenciar el peso de los distritos rurales han sido determinantes. Ya sabemos el plan que está llamando a la puerta con la extrema derecha española. No habrá complejos. Como no los han tenido Putin y Orban para someter la libertad de expresión, el pilar sin el que no hay manera de aproximarse a la verdad. Y a la democracia.

Un buen amigo, de los pocos que la política suele dejar, envía con preocupación una de las últimas encuestas en Francia ante una hipotética segunda vuelta. Ofrece un empate técnico entre Emmanuel Macron y Marine Le Pen, con una lidera ventaja para el primero, a pesar de la guerra y de todo lo que se ha implicado. A pesar de lo visto con autoritarismos y autocracias. Esta es la Europa que tenemos en 2022, la que se acerca peligrosamente al horror. A pesar de verle la cara. Como dice el salmo, «libra mi alma de la espada, mi amor del poder del perro».

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