Es mediodía. Después de comer acudo al bar donde habitualmente me tomo un cortado mientras leo el periódico tranquilamente. Disfruto leyendo la columna de Juan José Millás; me encanta cómo escribe y casi siempre me sorprende. Me adentro en las páginas de Levante-El Mercantil Valenciano, diario que ya leía mi abuelo, a quien no conocí. Me sobrecoge una fotografía de una madre tirada en el suelo cubriendo a su hijo en medio de un bombardeo ruso en la ciudad de Mariúpol. Algo por dentro me quema. Alrededor la gente ríe; unos comen, otros se toman una cerveza. Yo saboreo el café mientras mis alumnos juegan felices en el patio del colegio. A cuatro mil kilómetros de distancia están cayendo bombas. En ese momento recuerdo que en 2003, cuando colgué en el balcón de mi casa, en Valencia, el cartel de: No a la guerra, más gente de la que yo me podía imaginar me criticó. Hoy vuelvo a clamar contra la guerra, en esta ocasión contra la guerra del sátrapa Putin.

Las personas de mi generación, por suerte, no hemos vivido directamente ningún conflicto bélico. Sí que hemos palpado en los semblantes de nuestros padres el horror sufrido durante la Guerra Civil Española. En casi todas las familias hay historias que contar sobre este horrendo suceso que algunos se empeñan en tergiversar, quizá por la vergüenza que les pueda dar reconocer lo que sucedió. Tan sólo de pensar en el genocidio de la «Desbandá» se me ponen los pelos de punta. No debemos olvidar la historia porque nos da muchas lecciones para el futuro. Siendo niño me impactaban las noticias que mi padre escuchaba en los boletines oficiales de Radio Nacional de España referidas a la guerra de Vietnam y de Camboya. Aquellos recuerdos volvieron a mi cabeza muchísimos años después cuando, paseando por la bahía de San Diego, en EEUU, veía a indigentes mutilados, mayores de setenta años, que vivían de la limosna, muchos de ellos todavía ataviados con la guerrera del ejército norteamericano. Las atrocidades que sufrieron en Vietnam les trastornaron para siempre. Por desgracia los horrores de las guerras han continuado lacrando el mundo: en África, en Palestina, en los Balcanes, en Irak, en Afganistán, en Siria… Mientras tanto muchos seguíamos con nuestras felices vidas.

Marina Ovsynnikova, periodista del Canal Uno de la televisión rusa, ha dado una enorme lección de periodismo al mundo, apareciendo en pleno directo en un programa de noticias exhibiendo un cartel en el que podíamos leer: No a la guerra. Os están mintiendo, no os creáis la propaganda. Hoy más que nunca necesitamos periodistas objetivos y valientes. Podemos estar orgullosos de la cobertura que TVE está realizando desde Ucrania con reporteros como Oscar Mijallo o Almudena Ariza y los cámaras que los acompañan. Este periodismo en estado puro me ha recordado la época en que los españoles nos enterábamos de los horrores de la guerra de Eritrea o de Croacia gracias a las crónicas de Arturo Pérez Reverte.

La paz en la que vivimos pende de un hilo. Nos cuesta reconocer que la humanidad está en peligro a causa de los arsenales de armamento nuclear. El No a la guerra sigue siendo un grito válido, ahora y siempre. En cualquier guerra todos pierden. Wellington afirmaba que al margen de una batalla perdida, no había nada más deprimente que una batalla ganada. Terminaré recordando la canción del cantautor argentino León Gieco: «Sólo le pido a Dios que la guerra no me sea indiferente, es un monstruo grande y pisa fuerte».