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Isabel Olmos

PUNTO Y APARTE

Isabel Olmos

La vida (me, nos) atropella

En ocasiones siento que la vida me atropella. Literalmente. ¿A ustedes no? En ocasiones percibo que no soy capaz, ni con todo mi ser entregado a la causa, de entender e integrar no solo todo lo que está pasando a nuestro alrededor sino también a la velocidad a la que esto ocurre. Como soy una mujer metódica desde niña, lo ordeno todo en carpetas y documentos excel donde solapo con diferente color obligaciones laborales, reuniones, citas personales, deberes saludables y llamadas a personas a las que quiero, porque si no se me olvida preguntarles por su revisión médica o, simplemente, cómo están. Así, en general.

Últimamente, esta vida que me atropella -o que nos atropella, mejor dicho- viene pesadamente cargada de dolor, tristeza, horror y, sobre todo, de miedo. Mucho miedo. La realidad que conocíamos es cada vez menos previsible y quizás también menos amable. También más cambiante y agresiva. Confieso que en algunos momentos me asalta ese miedo y que cada vez más me sorprendo más a mí misma imaginando que me voy lejos, a otro lugar, a otro continente, a vivir de otra manera, más sencilla, más autogestionada, menos dependiente de todos y todo en general. Y me llama la atención tanto enamoramiento sorpresivo por alejarme de la realidad que conozco.

Últimamente (y estoy convencida de que también contribuye a esta desazón en aumento) también son muchas las personas que, sin maldad, me confiesan abiertamente que apenas siguen los medios de comunicación porque las noticias se les meten dentro como el aguijón de un escorpión y se sienten mal con la guerra de Ucrania, que ha llegado a nuestras vidas tras dos años de pandemia pero sin la tregua de los felices años 20 para beber sin control y desahogarnos de tanto estrés confinado. Una guerra con toda su crudeza, salvajismo, falta de moral y de valores. Una guerra como las de siempre, como las de los vikingos, los romanos, las de la edad media, arrasando a sangre y fuego en el siglo XXI y dejando un reguero de las peores huellas del ser humano a su paso.

Yo no puedo no ver las noticias porque, claro, ése es justo mi trabajo: verlas una y otra vez, estar atenta, revisar las mil imágenes y crónicas que llegan a la redacción para ofrecer la versión más completa posible al lector de papel y web. Muchas horas al día, muchos días al año. «Bueno, pero ese es tu trabajo», pensarán ustedes. «Si no te gusta, cambia». Y tienen razón. Así es. Esto es solo un pequeño sollozo infantil, un mínimo derecho al pataleo, un rebelde «no quiero estar todo el día viendo el dolor en su máxima expresión». Como un grito del alma a la personita que eligió hacerlo, dedicarse a esto.

Soy periodista desde que me pregunté por primera vez con seriedad qué quería ser de mayor. Quería escribir las cosas que pasaban a mi alrededor, ayudar a entender a la gente y a mí misma el mundo que nos envuelve, con sus virtudes y sus errores, contar historias, resucitar memorias. Por eso no puedo desconectarme del todo, solo un poco. Y cuando me conecto, como ustedes, abro la nevera, cojo una cerveza, miro por la ventana y pienso: «todo va demasiado rápido».

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