Suscríbete

Levante-EMV

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

alberto soldado

La Europa posible

Navegamos como buenamente podemos en un mar de olas gigantescas que zarandean proa y popa, babor y estibor. Como aquel caminante que buscaba posada, recibimos como respuesta que no hay más posada que la que cada uno lleva consigo. Los sistemas políticos sobre los que se ha construido la convivencia y el progreso desde el final de la segunda guerra mundial sienten el crujir de sus fundamentos, el efecto demoledor de las corrientes subterráneas. Hacemos como que no pasa nada, proclamamos unidades propagandísticas y extendemos la idea de que la Europa que conocemos es invencible. Sin embargo todos sabemos que estamos a las puertas de un cambio de tal calibre que nos asusta mirarlo de frente.

Oímos a Putin hablar de amenazas nucleares y nos autoconvencemos de que nunca se llegará a ese extremo. Pocos recuerdan que USA ya experimentó la muerte masiva de población civil inocente en Hiroshima y Nagasaki, por cierto en el acto más criminal y bárbaro que han conocido todos los tiempos. También hizo de las suyas en Vietnam e invadió Irak, un país soberano en base a una mentira. Impulsó las fallidas primaveras árabes como si le importaran mucho los sistemas democráticos a quienes comercian con las teocracias.

Putin alza la voz contra el avance de la NATO hacia sus fronteras pero respondemos que es parte de la libertad de los pueblos elegir sus amigos. Nos olvidamos que en esa libertad también cabe la de elegir sus enemigos.

Y uno piensa, como pensaba George Steiner, que Europa es ese territorio plagado de campanarios y cafés, de Razón y de Fe que se extiende desde Lisboa a San Petersburgo. No se extiende desde Bruselas a Lisboa o Atenas, sino desde Lisboa a San Petersburgo…, desde la vieja Lusitania a la Rusia que reza al mismo Dios. Uno piensa que la unión europea no vendrá por el carbón y el acero, ni por los mercados, el gas o los fondos de inversión, sino por la cultura, por ser lugar de memoria, de historia heredada de Atenas y Jerusalén. Europa es un mosaico cultural de enorme riqueza que sólo se unirá desde el respeto a sus diversidades, que es el respeto a sus lenguas y culturas. Sólo cabe pensar en una Confederación que una el Atlántico con los Urales, el Báltico con el Mediterráneo de ambas orillas. En una Confederación, de Estados soberanos, que incluya a Rusia. Algunos lideres europeos lo piensan en privado, otros más valientes no ocultan sus ideas respecto a la escalada a la que nos conduce un enfrentamiento con la patria de Toltoi, Dostoyevski, Nuréyev…

El viajero contempla orgulloso el templo de Franeker, en la vieja Frisia. En una de sus puertas, el símbolo del Camino de Santiago...Y aunque no sabe neerlandés, experimenta en su interior el profundo convencimiento de que aquel templo a más de dos mil kilómetros de la capital gallega simboliza la idea de Europa muchísimo más que aquellas palabras de Henry Ford sobre la estupidez de la Historia y que, evidentemente, sólo pueden pretender una uniformidad propiciada por la americanización del planeta. De la América experta en la propaganda de Hollyvood. Esa América que glorifica al general Custer, masacrando a indígenas y retira estatuas de Junípero Serra.

Ese barco zarandeado por el maremoto es la metáfora de un tiempo en el que se nos despoja de la Historia, de los recuerdos que nos identifican, se nos adoctrina en el nihilismo, en la estupidez de meditar, incluso de leer. Un tiempo en el que se nos roba el sagrado derecho a la libertad. 

Compartir el artículo

stats