Los tambores no suenan igual pero la música es parecida. El partido del sábado es la final de un club pirotécnico: el Valencia, frente a otro habituado al harakiri: el Betis. Lo primero es subsanable, lo segundo no tanto. En la fuente del lirismo primaveral, el Betis necesita perder en Sevilla una final de copa. Es lo que sugiere el alma atormentada de la palmera de Heliópolis, lo que exige la ceremonia, lo que pide a gritos la liturgia del manquepierda. El Betis ganará mucho más si pierde. Es su máscara, su destino, lo que sucede con aquellas entidades que son géneros literarios antes que clubs de fútbol. En frente estará el Valencia, forjado en la animosa contradicción de reventar pronósticos, descabezado en la dirección, secuestrado en nombre de la miseria moral de un sátrapa, pero parodójicamente asentado a contrapelo en la única verdad que nunca le falla: la del equipo bronco y copero.

Pese a que el Betis tiene más fútbol y debería ganar a los puntos, el Valencia CF parte con ventanja porque ya sólo juega para el palmarés, que es la quimera inocente que sostiene el simulacro. Es obvio que Meriton nos ha arrebatado el sentido patrimonial de la idea, pero no su proyección metafísica. Si algo enseña la fe es el brillo intangible de la tradición. Se tiene o no se tiene. El València resiste en el triángulo de lo divino porque viene de una verdad masticada por muchos durante más de 100 años. Esa energía no se desmonta tan fácilmente ni aunque a los mandos acuda un diplomático de pandereta. En tanto que final inesperada y con el viento a favor de los sorteos más cómodos que se recuerdan, el valencianismo acude a La Cartuja sin el peso de la neurosis, ataviado para la boda con el disfraz que mejor le sienta: el de invitado malasombra que destrozará la vajilla de la abuela justo antes de que se sirva el aperitivo. Es un rito muy nuestro fastidiarle la fiesta al favorito de los poetas más sentimentales. Somos así. Venimos del fango de Cañas y Barro, viajamos en Tartanas repletas de pólvora incruenta. Este sábado es otra de esas citas señaladas para morder la mano que mece la cuna de la simpatía oficial. Saber que la cátedra, la realeza y la farándula piensan en verdiblanco es todo un acicate para alistarse a la causa de Bordalás y su tropa. Esa gasolina es la mejor motivación posible. La normalidad prepandémica del Mundo de Ayer se despidió con una final del Valencia en Sevilla y la normalidad distópica del Nuevo Régimen en Llamas regresa con otra final del Valencia en Sevilla. Ni siquiera nos ha dado tiempo a desempolvar las viejas banderas de nuestros padres. Da lo mismo. También queremos esta copa. Parece distinta a las anteriores pero puede ser la última en mucho tiempo. Esa posibilidad la vuelve atractiva, necesaria, única. No será la noche más feliz de nuestras vidas, pero sí la constatación de que el Valencia CF sobrevive en el alambre mejor que los demás. Quizá nos falte método y relato, pero nos sobra carácter y colmillo.