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Julio Monreal

EL NORAY

Julio Monreal

El tesoro más grande

El tesoro más grande Julio Monreal

A todas las horas del día, y seguramente también de la noche, la recoleta plaza de Lope de Vega, ubicada junto a la iglesia de Santa Catalina, acoge a varias decenas de curiosos mirando hacia un mismo punto y orientando sus móviles hacia el mismo sector: admiran la que, con 107 centímetros de anchura, se presenta como la fachada más estrecha de Europa, segunda del mundo después de una de Brasil que mide un metro exacto. Semejante tontuna tiene entretenidos un buen rato a los turistas que pasean por el centro, la mayoría ajenos a la pequeña cabeza de obispo de piedra que sobresale del relleno del muro de la iglesia contigua; a la presencia, a menos de 200 metros, de la copa que conforme a la tradición católica fue utilizada por Jesucristo en su última cena, con la que han celebrado misa en València dos papas; a la esbeltez de las columnas de la Lonja, conjunto declarado Patrimonio de la Humanidad; o al grupo de ángeles músicos del primer Renacimiento (finales del siglo XV) que decoran la cúpula del altar mayor de la Catedral.

Alguna responsabilidad tendrán la ciudadanía valenciana y sus representantes a la hora de seleccionar, resumir y ofrecer a los potenciales turistas el conjunto de atractivos de la capital a fin de lograr que la visiten. En alguna ocasión, en foros profesionales, se ha comentado que el cap i casal tiene infinidad de atractivos pero suele faltar en la presentación de los mismos un relato en el que encajen las piezas, un discurso que sea capaz de enlazar la fundación romana con la visigoda, la islámica, la medieval, la renacentista, la del extremo occidental de la Ruta de la Seda que está en la base del preciosismo del traje fallero y la que hace posible que convivan, a tiro de piedra, el paisaje de la huerta y la nívea y futurista arquitectura de Santiago Calatrava.

Y es que para convencer al visitante de que visite la casa de uno, antes tiene que estar uno convencido del valor de lo que tiene. Y la ciudad parece que aún no tiene claro que uno de sus principales tesoros (si no el mayor), es el Jardín del Turia, un espacio de más de nueve kilómetros de longitud y una anchura media de 110 metros que atraviesa la capital por el centro y articula la mayor parte de sus atractivos y su actividad. Con motivo del 35º aniversario del inicio de su creación, el 5 de junio de 1987, el Ayuntamiento de València ha anunciado esta semana una serie de actividades para poner en valor este espacio urbano que es la envidia del mundo entero y la rehabilitación de dos de los tres tramos del parque con los que se inició el proyecto, concretamente los sectores X y XI, comprendidos entre los puentes del Mar y del Ángel Custodio, diseñados en su día por el recientemente fallecido arquitecto Ricardo Bofill.

Bienvenido sea este reconocimiento, aunque llegue de la mano del calendario. Ya era hora de que el ayuntamiento, que es el titular del Jardín del Turia, se ocupe de un espacio que merece mimo y que tendría justificada hasta una unidad de policía propia, pero que con demasiada frecuencia presenta muestras de desatención en forma de pintadas, deterioro de vegetación o infraestructuras (sobre todo hidráulicas), por no hablar del óxido que se ha apoderado de algunas pérgolas que dan acceso al parque.

La ciudadanía ha hecho suyo el gran parque del viejo cauce del Turia, desafectado de su función hidráulica tras la construcción del nuevo canal consecuencia de la trágica riada de 1957. Fue el vecindario el que en los albores de la recuperada democracia se opuso a los planes de convertir el antiguo rio en una autopista de continuación de la avenida del Cid hacia el mar. Fue el ayuntamiento de finales de 1976 el que aceptó la cesión del cauce, ya con la intención de dedicarlo a zona verde, por parte del Estado y con la firma del rey Juan Carlos I, y por ello el último alcalde franquista de València, Miguel Ramón Izquierdo, quiso retratarse para la galería de cuadros de primeros ediles con el viejo cauce al fondo y con el decreto de cesión firmado por el monarca en una de sus manos. En efecto, fue la primera corporación municipal surgida de las urnas democráticas en 1979 y gobernada por una coalición de socialistas y comunistas, la que dio los primeros pasos para que el viejo cauce del Turia se convirtiera en la joya que hoy es, e incluso se encargó de ajardinar ya, con un proyecto básico, un sector del cauce bajo el impulso de la entonces concejala de Jardines, Carmen Arjona. A sugerencia del arquitecto municipal que luego dirigiría la redacción del plan general urbanístico de 1988, Alejandro Escribano, el alcalde socialista Ricard Pérez Casado contrató a Bofill, quien en junio de 1982 exponía en la Lonja la maqueta de su proyecto global para los nueve kilómetros de parque, ante la que pasaron 100.000 valencianos.

El 5 de junio de 1987, el alcalde y su corporación, con un gobierno ya monocolor socialista de mayoría absoluta, inauguraban los tres primeros tramos del Jardín del Turia: los dos que se reservó para sí directamente el equipo de Bofill, a los pies del entonces recién estrenado Palau de la Música (25-4-1987) y el sector II, en Campanar, diseñado por el equipo valenciano Vetges Tu i Mediterrànea. Luego llegarían el tramo III dedicado a instalaciones deportivas; el parque urbano forestal ante Nuevo Centro; el parque Gulliver; la Ciudad de las Artes y las Ciencias...

Hoy es fácil sumarse a las alabanzas que suscita el Jardín del Turia. La vegetación ha crecido y la vida bulle bajo su sombra a todas horas. Pero los principios fueron complicados. Pérez Casado fue atacado políticamente con dureza, acusado de megalómano por la magnitud y ambición del proyecto. La oposición, encarnada entonces por los portavoces del PP y Unión Valenciana, Martín Quirós y Vicente González Lizondo, respectivamente, llegó a pedir durante un pleno que se dinamitaran algunas construcciones en el viejo cauce para que no se convirtieran en obstaculos para el agua por si una lluvia torrencial devolvía al cajero su función hidráulica. Además, mientras los estanques, canales, bosques de cítricos, pérgolas neoclásicas y fuentes ornamentales diseñados por Bofill para los tramos X y XI recibían reconocimientos locales y foráneos, la caverna mediática y arquitectónica se cebó con el resultado del sector II maldiciendo su plaza porticada, su acueducto, su laberinto-mirador y otros elementos provocando un abandono que en parte se mantiene hoy. No hay más que cruzar la pasarela metálica amarilla que atraviesa la Casa del Agua uniendo Campanar y el Paseo de la Pechina para apreciar una desatención que bien debería ser corregida a propósito de su 35º aniversario. El propio Juan Roig y su Fundación Trinidad Alfonso, creadora del circuito para correr, parece creer más en el jardín que el propio ayuntamiento.

En el otro extremo del jardín, entre el puente del ferrocarril y el Mediterráneo, es donde se encuentra la principal asignatura pendiente. Bofill, en su proyecto general, concibió el parque como un espacio para llevar la ciudad hasta el mar, pero para ese tramo final ni hay proyecto ni se le espera 35 años después de la puesta en marcha del gran parque urbano. El puerto se ha adueñado del extremo Este del viejo cauce y la ciudad le ha dejado, así que la conclusión del proyecto necesitará de un acuerdo que hoy se enmarca en un ambiente enrarecido. Sólo la voluntad sincera de avanzar y la confianza que tuvieron unos cuantos visionarios frente a la incredulidad e incluso la hostilidad de parte de agentes urbanos puede llevar a completar las ultimas piezas de una composición que hizo de València pionera de las renaturalizaciones urbanas, hoy tan de moda.

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