Alguna gente todavía se sorprende de que personas laicas, ateas o agnósticas participen en procesiones de Semana Santa o acudan a las romerías de su pueblo o desfilen en las ofrendas de las Fallas o acompañen a los peregrinos de Les Useres el último viernes de abril. Pero esta cultura popular, tantas veces anclada en ritos de siglos, abarca mucho más allá de una liturgia o de una confesión religiosa. Se trata de una identificación con las raíces de una sociedad, de un reencuentro con familiares o amigos que, en numerosas ocasiones, poco o nada tienen que ver con la fe católica. De hecho, la inmensa mayoría de las fiestas actuales se originaron en tiempos paganos cuando las estaciones del año, ligadas a la agricultura, marcaban por completo la vida colectiva. Celebrar, por ejemplo, una fiesta de la vendimia apela mucho más a un sentido lúdico que al patrón del pueblo. Así, al menos, lo consideramos muchos. De todos modos, no conviene confundir los sentimientos individuales con la necesaria y deseable separación entre el Estado y la Iglesia, el famoso «al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». Por ello se comprende, pese a algunas críticas malintencionadas, que algunos cargos públicos, de ideología laica y en un Estado aconfesional, opten por no participar en actos religiosos. Tampoco conviene olvidar que fiestas principales, como las Navidades, se han desnaturalizado hasta tal punto que se han convertido en una auténtica orgía comercial.

En cualquier caso, la progresiva secularización de la sociedad o el descenso en los alumnos matriculados en clases religiosas no deberían derivar en la ignorancia absoluta por parte de nuevas generaciones sobre el papel que ha jugado y juega la religión. En definitiva, estamos hablando ni más ni menos que de cultura general, de historia de las religiones. En un reciente artículo el periodista y escritor Sergio del Molino señalaba a cuenta de la formación de su hijo de nueve años lo siguiente: «Me preocupa que no entienda el Museo del Prado. Me preocupa que no use frases hechas como `esto ha sido un calvario´ o `le dio el beso de Judas´. Me preocupa que crezca sin esa conciencia histórica tan rica». Podríamos añadir expresiones que en breve serán lamentablemente arqueología como `repicando y en misa´ o `a Dios rogando y con el mazo dando´, entre tantas otras. Tres cuartos de lo mismo podría decirse de frases nacidas en los ambientes del teatro o de los toros o del cine que, al fin y al cabo, deberían integrar un bagaje histórico que fuera patrimonio de todos. Por otra parte, no cabe duda de que siempre resulta difícil delimitar fronteras entre la cultura y la fe, entre las manifestaciones públicas y las creencias privadas. El cineasta Fernando Trueba escenificó con mucho ingenio esta relación ambivalente y conflictiva entre al arte y la religión al recoger el Oscar de 1993 a la mejor película extranjera por Belle époque. «No creo en Dios, pero creo en Billy Wilder», afirmó Trueba. A la mañana siguiente lo llamó el maestro por teléfono y le dijo: «Dios al aparato».