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Chilet

VITA DA MEDIANO

Vicent Chilet

La cápsula del tiempo

Ya apenas se publican noticias sobre las cápsulas del tiempo y es una pena. Internet ha expandido un acceso inmediato y universal a cualquier contenido, de cualquier parámetro geográfico y temporal, y ha condenado a la extinción esta apasionante práctica, prolongada a lo largo de toda la historia y que vivió un repunte popular en las exposiciones universales de hace un siglo. Me fascina aquella costumbre de enterrar en un cofre monedas, almanaques, una caja de galletas, una Cherry Coke o una gorra de béisbol y programar una apertura a cinco mil años vista, para ayudar a explicar una época a los terrícolas del futuro.

En el interior acorazado de una cápsula del tiempo me encantaría incluir el instante exacto que llegó a experimentar el valencianismo en la Cartuja. Seguro que sentisteis esa punzada. Una comunión entre aficionados y jugadores en la que todos acabaron exhaustos y que nos acerca mucho a ese ideal, tan anglosajón, de sentido de pertenencia a unas calles y una comunidad, en el que habita la identidad. No hay victoria más trascendente que la de sentirte representado. Ni el trago amargo de perder, en este club sin escondrijos de melancolía, desdibuja la escena. La defensa de un club por parte de una hinchada que soporta casi veinte años de convulsiones y el generoso derroche de un equipo con evidentes limitaciones que se vació para honrar un escudo que sigue pesando pese a que los colores vayan volviéndose ocres. Faltan fichajes, falta proyecto, falta un vuelco accionarial, pero la quimera de ese futuro Valencia utópico que imaginamos y que quizá jamás se alcance se vivió en el fondo norte del estadio sevillano, con los rostros entre lágrimas y los pies embarrados de la fan zone. No sentía una sensación de afinidad tan plena desde el orgulloso Valencia canterano que remontaba el vuelo desde el descenso. Es la percepción, nacida entre la peor de las tinieblas, de que estos jugadores son los nuestros.

En un club con dificultad incluso para digerir como toca las épocas triunfales, el recuerdo de este instante se perderá. Volverán los volantazos de Meriton en una planificación sin apenas margen financiero, pero con vicios conocidos. El heredero Kiat Lim nos explicará que somos usuarios que interactuamos de forma pasiva en la experiencia de un partido, cuando todavía no nos hemos sacudido de encima el trance emocional vivido en la final. Volverá todo, el laberinto del estadio y la incoherencia de partidos políticos que en el congreso llaman a liderar la revolución del fútbol popular y en la ciudad siguen mostrándose comprensivos con el sátrapa.

Pero en este proyecto de cápsula del tiempo deberá constar en acta que esta final duele especialmente porque la pierde un equipo distinto a otros Valencia finalistas que conocimos en el pasado, con más líderes y estrellas, con los Ayala-Albelda-Carboni. Este es un equipo tierno, con dos referencias de la casa muy marcadas como Gayà y Soler haciendo del brazalete una bandera, liderando a Hugo Duro, «working class hero». Un equipo con debilidades visibles y tremendamente honrado. «No olvidéis a los subcampeones de 2022», dirá la nota, junto a una fotografía de Gayà y Morales intercambiando banderines. No hay que recurrir a artificios sociológicos para justificar el derbi cuando, en tiempos terribles en Mestalla y Orriols, coinciden quizá por última vez dos capitanes de época, a la altura de Roberto Gil y Toni Calpe.

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