La puesta en práctica de flamantes energías en un futuro inmediato es uno de los objetivos clave de la humanidad, ya que prolongar una economía supeditada al carbón y a los hidrocarburos significaría un agravamiento irreversible del cambio climático.

Una de las tecnologías más ansiadas se basa en la generación de «hidrógeno verde», un combustible universal, ligero y muy reactivo, con el elemento químico más simple (formado por un protón y un electrón) y abundante del universo. Nos encontramos ante una opción respetuosa con el medioambiente para producir gran cantidad de energía limpia y renovable necesaria para abastecer las necesidades del mundo, extraída simplemente a partir del enorme volumen de agua dulce o salada (ésta aún presenta algunos inconvenientes) que nos depara la naturaleza, o incluso del agua del aire del desierto.

Todos recordamos desde la enseñanza primaria que el líquido elemento tiene una conocida fórmula química: H2O, o sea dos átomos de hidrógeno (H2) y uno de oxígeno (O), unidos mediante sendos enlaces covalentes (compartiendo electrones), de manera que la molécula adopta una forma triangular plana.

La cuestión a resolver surge cuando se desean aislar los átomos, en el caso que nos ocupa lograr el ansiado H2 verde. ¿Cómo resolverlo? El método habitual es recurrir al proceso químico denominado electrólisis, consistente en la descomposición del agua en iones al aplicar una corriente eléctrica continua (que debe ser electricidad de origen renovable) con dos electrodos inmersos en el líquido. Aunque ahora se ensaya una moderna tecnología basada en reactores nucleares de doble flujo.

Esta fuente energética presenta muchas ventajas, pues es: versátil (puede convertirse en electricidad o en otros combustibles), transportable (utiliza similares infraestructuras que el gas), almacenable (se piensan utilizar minas o cuevas de sal, factibles en lugares de Cataluña y la cornisa cantábrica) y, lo que es muy importante, no emite gases perjudiciales. Posee la desventaja de un mayor coste de la energía de fuentes renovables (eólica y solar, fundamentalmente) para activar la electrólisis y un superior gasto energético.

Su utilización como combustible es una realidad en muchos países. En España, la industria consume miles de toneladas de hidrógeno como materia prima para la obtención de calor de alta temperatura, por encima de 650ºC. La pega es que gran parte del utilizado no es verde (es decir, 100% libre de emisiones netas), sino que es el conocido como gris, marrón, negro o de otros colores, al derivar de la modificación del gas natural, carbón y petróleo, y como consecuencia de su génesis se emiten ingentes cantidades de dióxido de carbono a la atmósfera.

Para automoción de vehículos ligeros, el hidrógeno es utilizado en pilas de combustible, con el beneficio de una mayor autonomía. Durante la combustión reacciona con el oxígeno y libera energía sin gases contaminantes, por el tubo de escape solo sale vapor de agua.

Al respecto, España ocupa una posición privilegiada por su enorme potencial tecnológico: tiene experiencia en fabricar vehículos, además de conseguir ese elemento energético verde a precios rentables.

La invasión de Ucrania ha acelerado la carrera para desarrollar energías alternativas y reducir la dependencia de importar el gas ruso. El novedoso vector energético tratado, dada su versatilidad e inagotabilidad, se plantea como un combustible muy prometedor, si bien en el momento actual aún queda por resolver el problema de abaratar su producción y transporte, pues hay que gastar más energía que la que se consigue a posteriori, o sea, el débito energético inicial del proceso supera su crédito energético. Se confía en que el compromiso europeo de apoyar sin ambages la investigación sobre esta bisoña opción ecológica la haga competitiva a partir de 2030.