Creo que la respuesta a esta tragedia que supone la guerra de Putin, si bien ya no sé si es mejor denominarla como la guerra de Rusia con sus cuatro palabras al completo, a la vista del apoyo formal que el antiguo agente del KGB anda cosechando entre sus conciudadanos (alejémonos de la idea de que la sociedad rusa se halla en un completo aislamiento y solo observa la realidad a través de la propaganda oficial), está en Chéjov. En su lectura, sean cuentos o teatro. Chéjov es autor que convoca unanimidades. No conozco a nadie que arquee la ceja, en gesto negativo, si le nombras al narrador y médico de Taganrog, enclave, por cierto, localizado en las costas ruso-ucranias. La gente asiente, afirma, se suma a tu complicidad. Es un tipo que cae bien.

A Chéjov, además, le acompaña el aspecto. Es atractivo, al menos yo lo veo atractivo. Esas gafas con cadenita y los cristales incluidos en la montura, quevedos, la barba de perilla clásica, la sonrisa apenas insinuada pero perceptible. Es un rostro que transmite una mezcla de ironía y bondad, de inteligencia, de ausencia de egolatría y de honestidad. Lo dicen sus ojos. Me tiene, desde la adolescencia, entre sus seguidores, acabo de señalarlo.

Lo que te atrapa de Chéjov es esa capacidad que demuestra en los cuentos para dibujar su entorno con solo tres pinceladas. Pero solo con tres de verdad. Esa suerte del uso ocasional del «skaz», que luego se mantendrá más acentuado, por ejemplo, en Mijaíl Zóschenko, por citar un narrador posterior pero que tanto conserva del autor de ‘Tío Vania’: esa prosa rabiosamente viva que deriva hacia el discurso oral. No pierde el tiempo, y eso significa modernidad, urdiendo o justificando la psicología del personaje, deja que este, sin caer en un conductismo exagerado, se presente a sí mismo a través de la propia acción, de su diálogo, de su modo en apariencia inocente de abrir la trama del relato.

Leí mucho a Chéjov a mis catorce o quince años, traducido, claro. Confieso, ay, que no sé leer ruso, y también sé que leer a un autor traducido, ay, es leerlo solo en parte. Si hay un buen traductor, te acerca a las formas y estilo literarios de dicho autor, y aunque haya un mal traductor (bueno, si es muy malo, pero muy malo, mejor pasar de él) sí te llega la concepción del mundo que despide en sus narraciones el traducido, aunque a veces, por entonces, ocurría que la traducción no era directa del ruso sino que llegaba filtrada del francés. En ese período devoré, y ese es el término preciso, cuanto de Chéjov se me puso por delante. Recuerdo la colección azul de Austral. Con nerviosismo me aproximaba a los anaqueles de librerías como Bello o Maraguat o Dau al Set, las tres ya desaparecidas, y con el índice repasaba los lomitos a la búsqueda de algún título que no tuviera en casa. Si daba con alguno, era mi dosis diaria de evasión.

Por Chéjov sentí atracción por los rusos, por Rusia, por esa extinta estructura social de altos funcionarios y militares con medalla, pero de sueldos cortos, que huelen suavemente a aceite de cedro, gobernadores de provincias hundidas en bosques de abedules, un mundo afrancesado y demodé, de mujiks y burócratas, todo eso que cristaliza también y tan bien en Gógol, en Bunin o en Korolenko o en Turguénev, en Goncharov. La escena tambaleante de un tiempo que anuncia el fin de una época, el zarismo, y la llegada de otra, la de la revolución de 1917. Ahí están el samovar y las bandejas Zhostovo, la porcelana azul, están los iconos ortodoxos en los dormitorios gélidos, la nieve, sus copos que caen inmisericordes en las aceras de la Nevski Prospekt. Están Porfiri, el flaco, y Misha, el gordo, quienes se encuentran con sorpresa y alegría en la línea Nikoláiev en el popular relato chejoviano. El jefe de correos Semión Alekseich, el internado de madame Jevouzem y el profesor de matemáticas, Diriavin. Están Gurov y Anna Sergeyevna con el pomeranio en el balneario de Yalta. Está el pobre Serguéi Alekseich Dibkin, a quien le va a estallar la cabeza por el terrible aguijonazo de una muela cariada. Ni el vodka Moskovskaya atenúa su dolor.

Todo esto se lo está cargando Putin. No porque pensemos que Putin es el pueblo ruso sino porque pensamos que Putin, como un ogro, el ogro que se esconde detrás de esa estática sonrisa, se está comiendo al pueblo ruso. Lean a Chéjov para combatirlo.