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Alfons Garcia

La realidad puede no ser real, pero importa

Mónica Oltra. EFE

Mis superiores dicen que hago poesía en esta columna. Pensaba que era un elogio, pero un compañero me advierte de que quizá hay algo de reproche, así que supongo que hay que intentar ponerse prosaico, aunque cuesta no buscar huecos para la evasión viendo cómo está la actualidad y cómo llegamos a abordarla. Diferentes visiones son sanas y necesarias. Ridiculizar la realidad es pasar una línea roja. «Esto del periodismo se ha convertido en una puta broma», escribí ayer en un grupo de colegas a la vista de un titular.

Hoy me he propuesto hablar de errores y no de olas nihilistas que parecen quitar valor a todo lo que un día valió la pena. Decía que la gestión de los errores me sigue pareciendo de lo más difícil en esta vida. Llevo más de medio siglo en el banco de pruebas y me siguen mortificando. Los peores son los personales, los que afectan a la vida íntima y familiar. Alguno se graba en la mente y reaparece décadas. Podría contar cataclismos de juventud, pero sería dar la razón a aquellos que despotrican del columnismo del yo. Claro que en una columna con el nombre de uno y el careto al lado es difícil hacer escritura de prospecto farmacéutico…

Una variedad del error es el de las buenas intenciones, aquel que se produce cuando uno piensa que está actuando a favor y haciéndolo bien, pero en algún momento las condiciones se retuercen y la voluntad (la buena voluntad) queda oculta, invisible, entre consecuencias y derivadas inesperadas.

Este preámbulo es para acabar hablando de la prosa del Consell y su remodelación en ciernes. Y para intentar poner claridad sobre la parte oscura que (creo) hay en esta operación y en mucho de lo que envuelve la política valenciana en los últimos meses. Quiero decir que la remodelación está bien pensada e intencionada (incluso llega tarde, diría, cuando la legislatura entra en una cuesta abajo preelectoral), pero lo fundamental para la izquierda será abordar de una vez por todas, con sinceridad política y personal, el elefante que hay en la habitación y que hace como si no existiera.

Hablo de la situación judicial de la vicepresidenta y líder de Compromís, Mónica Oltra, pendiente de que el Tribunal Superior de Justicia resuelva si ha de ser imputada en la causa abierta para determinar si la actuación de su departamento con la menor tutelada que sufrió abusos del exmarido de la consellera fue la correcta. El riesgo (muy alto) si la izquierda no se arremanga con honestidad política e intelectual compartida ante este asunto es que dentro de pocas semanas vuelva a destaparse la caja de truenos entre los socios. Además de los cambios, que suponen abrir una ventana y que entre aire nuevo, el Botànic (sus principales líderes) debería sentarse y perfilar un cuaderno de bitácora definido, preciso y único ante una serie de hechos que pueden alterar, y bastante, la vida política valenciana a tres pasos de elecciones. Si no, si la imputación llega, el impulso de ahora al Ejecutivo, su inyección de ilusión, quedara tapado por la fuerza de la bronca que se desatará entre los socios y que siempre acabará aflorando, a la espera de que una parte del Gobierno adopte unas posiciones ante la mirada expectante de la otra parte. Unos esperando una decisión radical de la vicepresidenta y los otros esperando un apoyo decidido a ella. Lo mejor hubiera sido no llegar a este punto, pero es en el que el Consell está. Y llegados a él, lo mejor sería adelantarse a los acontecimientos, prever hipótesis y actuaciones. Y ajustarse a ellas. Si no, un día el elefante habrá roto la mesa y no habrá lugar donde buscar acuerdos porque solo cabrán las soluciones radicales: la sangre.

El riesgo de dejar el tiempo correr es continuar en este extraño periodo de miradas de reojo, donde cada micrófono delante de la boca de un conseller se convierte en una mina antipersonas que puede dejar heridos y donde las redes sociales son un campo de lanzas. La cantidad de tuits crípticos de los últimos días es para hacérselo mirar. Un secretario autonómico hablando de mirlos blancos irresponsables que podrían ser varios, propios y extraños. Un asesor de Oltra señalando sobre la importancia de saber irse y de callar sobre proyectos futuros. Si la izquierda no habla claro entre ella, ¿se puede esperar que alguien de fuera la entienda? ¿Tiene sentido enredarse en estas cuitas internas indescifrables cuando además las circunstancias de la gente de la calle se están complicando?

Lo sucedido en los últimos días es la muestra de cómo lo de Oltra impregna todo. Las crisis de Gobierno se ejecutan, no se anuncian. Si Ximo Puig ha alterado ese precepto ha sido para dar una oportunidad a los socios de abordar por su cuenta la situación de la vicepresidenta. Si la salida de Vicent Marzà ha sido por sorpresa y a contrapelo de muchos ha sido por lo mismo, creo, porque ha llegado un punto en que la coordinación y los liderazgos en Compromís se han oxidado. Llegados a este punto, al Botànic solo le vale pensar unido, no esperando acontecimientos.

Lo más difícil en la gestión de los errores es identificarlos. Asumirlos. El sabor más dulce es el de la paz interior cuando el error se resarce de alguna manera.

«La realidad no es real». Me tropiezo en una esquina con esta pintada llena de poesía con frecuencia. Remueve por dentro. Quizá la realidad depende de tiempos, miradas, ideologías, situaciones económicas y otros factores. Quizá no es cosa de absolutos. A estas alturas del banco de pruebas solo tengo claro que es peor girar la cara a lo que hay afuera.

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