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Juan Lagardera

No hagan olas

Juan Lagardera

De las futbolistas a la “sexomúsica”

Actor tardío de la mano de la Fundación Shakespeare de Manuel Ángel Conejero, y ahora reconvertido en productor y director teatral, Sergio Peris-Mencheta está de gira por España –este mes en la sala madrileña del Canal–, con su adaptación como musical de Ladies Football Club, una obra del italiano Stefano Massini –exPiccolo de Milán–, basada en un hecho real: la creación de un equipo de fútbol femenino en una fábrica de municiones en Inglaterra con los hombres movilizados en el frente de la Primera Guerra Mundial. Fueron varios los equipos femeninos que surgieron en aquel 1919, dando lugar a una competición de mujeres operarias y futbolistas.

La obra resulta una obvia denuncia del machismo ahí donde más duele, en un territorio tradicionalmente dominado por los hombres y que, en su época, generó un agrio conflicto. Cuando terminó la guerra, una ley disolvió aquellos equipos femeninos al mismo tiempo que muchas obreras volvían a las tareas domésticas con la reincorporación de los trabajadores masculinos a sus puestos laborales en las fábricas.

El acceso de las mujeres al deporte es una más de las conquistas del género femenino a lo largo de la modernidad, aunque el fútbol apenas lo había conseguido hasta hace bien poco salvo en el episodio británico descrito. Contrariamente a lo que vaticinaron los utopistas del siglo XIX, no ha sido la llamada lucha de clases la que más ha caracterizado la historia contemporánea, sino otra revolución, más callada y sostenida, más reformista que violenta, y que ha ido propiciando la emancipación definitiva de la mujer en la sociedad occidental.

Pero como quiera que los seres humanos necesitamos narrar los acontecimientos, terminamos por dimensionar héroes o heroínas y conquistar derechos mediante actos revolucionarios. Las transformaciones profundas, sin embargo, no funcionan así, de un plumazo. Cerca de una centuria han necesitado las mujeres para despertar interés con su fútbol, llenando estadios incluso.

Ese amplio movimiento de fondo no siempre es efectivo, no deja del todo atrás conductas estereotipadas ni tampoco consigue el equilibrio necesario entre derechos y abusos, entre pensamiento crítico y moda social alienante. Ahora mismo uno de los frentes de batalla más delicado es el que tiene lugar en torno al aborto: La desprotección del derecho al aborto en los Estados Unidos está a punto de crear un conflicto civil de enormes proporciones, en una sociedad donde los valores religiosos guían las conductas de millones de personas. En España, también, el borrador de la ley del aborto ha vuelto a quebrar la convivencia interna del Gobierno.

Fue precisamente la píldora anticonceptiva la que aceleró los procesos históricos de la mujer, cuyo gesto revolucionario lo propiciaría Mary Quant al crear la minifalda. Y aunque ahora existe un arsenal de métodos para evitar los embarazos no deseados mientras se disfruta de la activa sexualidad, al parecer no se ha conseguido limitar el alcance del problema entre las adolescentes y, de ese modo, el aborto perdura como fetiche ideológico sobre el que fundamentar antagonismos sociales.

El alcance de la renovación femenina, sin embargo, no llega a todo el mundo como bien nos recuerdan todos los días las mujeres de credo musulmán, cuya moral combate la sociedad hipersexualizada del primer mundo, que ha pasado de la represión decimonónica a la exaltación –y al comercio– de la líbido. El debate sobre la legalidad de la prostitución está a la vuelta de la esquina, o el de la libre circulación de pornografía en internet, por no hablar de la industria de la música popular cuyas últimas grandes estrellas escenifican en sus conciertos y videoclips actitudes y letras de alto voltaje erótico.

Contenidos y actitudes en torno al sexo cuyos destinatarios, una vez más, son los adolescentes. Ellos resultan los principales consumidores de horteradas como el festival de Eurovisión que anoche pudieron ver millones de telespectadores, y al que acudió España con una atractiva bailarina con el rabel al aire y una canción de letra cercana al absurdo patafísico pero que, al parecer, venía a dar cuenta de ciertos orgasmos copulares. Lo que no pude saber antes de escribir estas líneas es si la osadía de Chanel Terrero y los directivos de RTVE fue admirada por el resto del continente kitsch que se dio cita en la gala eurotelevisiva.

 

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