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Alfons Cervera

Algo personal

Alfons Cervera

Noche de Ronda

NOCHE DE RONDA Alfons Cervera

La ronda era para nosotros una serenata. Hablo de cuando todo era invierno y casi siempre de noche. La luz estaba en otra parte, aunque no lo supiéramos entonces. «Sombra tú hasta el día de los días», escribió Alejandra Pizarnik. Sabía mucho de sombra la poeta argentina. Las serenatas en Llíria, cuando éramos jóvenes. Tocadiscos a pilas y discos alquilados. Una noche salió un padre cabreado, ya de madrugada. Otra, dejamos sin luz una manzana entera porque quisimos enchufar el picú a la luz de una esquina y la cagamos. La canción que me sé sobre las rondas es la de Eydie Gormé y Los Panchos. Hay muchas más, claro que sí. Y una película francesa estupenda de Max Ophüls titulada sencillamente La ronda. En muchos sitios se cantan las coplas en el mes de mayo. Las calles y las noches se llenan de cantos populares, algunos de carácter religioso, otros con tintes surrealistas y sexuales. Un género antiguo, el de las coplas. El Siglo de Oro español tiene buenas representaciones. Y en nuestro tiempo ahí están las que encumbraron a Concha Piquer y Miguel de Molina. Todo este recorrido sentimental por el territorio de la copla y las rondas lo saco aquí, este domingo, porque mi amigo Francesc González Molinero habla de eso en su pequeño libro Cantares de ronda de Fuertescusa. Un libro pequeño. Un pueblo pequeño de Cuenca. Gentes pequeñas que se divierten con su música por las calles. Siempre hablo de lo pequeño. No sé si hay algo más grande. Creo que no. Lo más grande suele ser muchas veces una estafa.

Hace muchos años yo no tenía ni idea de lo que era escribir (tampoco ahora sé muy bien qué es eso). Leía mucho, eso sí. Pero escribir era otra cosa. El caso es que un día empecé y aquí estoy. La culpa la tuvo Pere Bessó, otro amigo de aquel tiempo, que me obligó a escribir unos cuantos poemas y como yo no sabía lo difícil que era escribir poesía pues le hice caso y así le fue a la pobre poesía. Fue en aquellos años setenta cuando conocí a Paco González, Álvaro García, Carlos Albi y Emilio Tadeo Blanco. Llevaban una revista de poesía: Proís. También Pere y otro grupo editaban la revista Múrice. Revistas que parecían sacadas de una vietnamita clandestina. En Múrice publiqué mi primer poema: Homenaje a una historia de amor. La historia de amor era la que habían vivido de muy jóvenes Bob Dylan y Suze Rotolo. El músico era un cantamañanas que sólo quería ser famoso. Fue ella, hija de comunistas italianos, la que le metió en vena la ideología izquierdista. Lo digo para que se sepa. El patriarcado siempre se lleva el agua a su molino. Pues eso.

Una amistad que dura la friolera de casi medio siglo. Siempre ha estado ahí. Con lo poco que duran hoy las cosas y ya ven ustedes: medio siglo queriéndonos como aquel día en que me pidieron un poema para su revista y ya no me acuerdo si finalmente lo escribí o los dejé colgados. Y eso, esa duración, me llena de un orgullo que este domingo crece y me hace crecer a mí mismo cuando leo lo que cuenta Francesc González de su pueblo, de la gente de su pueblo, de las rondas musicales por las calles de su nunca olvidado Fuertescusa: «Calles serpenteantes / casi ciegas / de silentes esquinas / donde antaño se fraguaron coplas». Hay una recopilación de medio centenar de coplas de todo tipo. Una preciosa introducción de Fermín Pardo y un epílogo en forma de relato de Emilio Tadeo Blanco, que sabe más de literatura que quien la inventó. No faltan las coplas escatológicas, pero no las saco aquí porque igual me denuncian los que han hecho de sus vidas una crucifixión de la palabra. Muchas son costumbristas y hablan de lo más cercano y popular: «Fuertescusa que es mi pueblo / ya no te rondan chavales, / ya no se escuchan las jotas / que cantaban nuestros padres». Y por encima de todo, estos cantares de ronda son un homenaje a la tradición oral. De ahí viene mucha de la literatura actual. La mía, sin ir más lejos.

Cantan las páginas de este libro hermoso, como cantaban a chispazos los cables de la electricidad aquella lejana noche de serenata por las calles de Llíria, cuando éramos adolescentes y pensábamos que teníamos toda la vida por delante. No sabíamos que la vida de aquellos años no era del todo la vida sino un pedazo en sombras de la vida de verdad. Las canciones formaron parte de nuestra educación sentimental, aunque la copla ya fuera para nosotros cosa de nuestros padres. Sin embargo, es en este mes de mayo cuando en muchos pueblos las noches se llenan de coplas que recorren, cantarinas ellas, las calles con sus rondas. «Que las rondas no son buenas, que hacen daño, que dan pena…». Y en eso salió el padre cabreado y nos armó la de dios es cristo. Vaya noche…

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