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Tonino

LA SECCIÓN

Tonino Guitian

Es óptimo, pero no es bueno

Aunque mi familia procede de portuarios y ebanistas, mi tío abuelo fue sastre, oficio imprescindible en una sociedad que se distinguía por su vestuario. Esto fue así hasta que las máquinas de confección trajeron dos cosas nuevas: el abaratamiento de un proceso que hace todos los trajes iguales y la consiguiente merma del oficio que busca que las prendas se ajusten al cliente. La gente sin posibles tenía la opción de contratar a alguien que cosiera para fuera a fin de que hasta los calcetines duraran años.

Entre las categorías de oficios que demanda el departamento de inmigración de EE. UU. para conceder su visa permanente, aparecía siempre el de sastre. Cuando fabricas camisas al por mayor no hace falta que la tela se ajuste cómodamente a la axila, sino un vendedor experto en marketing. Pero por si acaso, siempre hay a mano a un sastre extranjero para que banqueros, políticos y empresarios vayan elegantes, o para plagiar patrones para sus marcas.

La urdimbre de nuestras vidas está entretejida por cables invisibles. La València auténtica, la que construyeron quienes trabajaban según las necesidades y la inagotable fantasía popular edificante hecha de dragones, pájaros y alegorías de escayola, se va desintegrando a medida que la pobreza se vuelve más homogénea. Los tradicionales maestros del cristal, el azulejo, el tejido, la madera, la piel, el hierro, o el trenzado que adornaron nuestros exclusivos edificios emblemáticos, apenas pueden existir ahora porque su esfuerzo no recibe aprecio, ni ayudas, ni pedidos fuera del ámbito tradicional festivo.

Tampoco parece que sepamos gestionar y repartir las ayudas que nos ofrece la C.E.E. entre los que la necesitan. Ya sé que no es fácil: estuve trabajando para un proyecto de salud mental en Europa que había ganado una entidad de los Países Bajos, especializada en crear dosieres y equipos idóneos para apropiarse de todas las ayudas económicas que salieran, sin importar el campo que tuvieran que cubrir. Luego, con la proverbial tacañería luterana y su especialización en el pirateo fiscal, contrataron gente para poner en marcha algo que humanamente les sobrepasaba: ayudar a los demás. Mucha teoría para acabar haciendo teatro terapéutico a cambio de calderilla, simulando así que se ayuda a los necesitados de Europa.

Se me caen los dídimos al piso cuando veo esas interpretaciones en omnipresente aluminio y vidrio en la restauración de los palacios valencianos. O los diseñadores desprecian el trabajo inicial de los artesanos que los decoraron o están muy seguros de la apuesta que estamos haciendo por el patchwork. ¿Cuántos encargos institucionales recibe el centro de artesanía de la comunidad valenciana para recuperar nuestro patrimonio no verbal? Creo que sería muy difícil defender con obras lo que con tanto dinero intentan hacernos pasar por amores. Un tiesto gordo de cemento no es amor, a no ser que se confunda el amor con la marranada.

Ambrosio hizo todo tipo de trajes a medida. No entraban en su cabeza trajes análogos a un neopreno de buzo, esos que se venden hoy como pipas en establecimientos impersonales, que quedan como un guante cuando te los pruebas y, dos paellas después, te convierten en un embutido que camina.

No le hubiera gustado ver a los enamorados hablar a través de un enrejado de aluminio en vez de uno de hierro, ni que una etiqueta sea más grande que la blusa o que lo aséptico y estilizado hicieran pensar en algo tan sueco como el suicidio (llamen al 024 si les llega a ocurrir). Suicidarse no es algo tan dramático y misterioso: el no saber vivir es el verdadero sinónimo de suicidarse y yo les deseo a todos ustedes, mis conciudadanos, al menos cincuenta años de felicidad y no cien, porque uno ya está cansado de que lo óptimo siga siendo enemigo de lo bueno.

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