Suscríbete

Levante-EMV

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Martí

Materia de cabaret

Hay que reivindicar la València que tuvo una potente diversión nocturna, incluso durante la dictadura franquista

València nunca fue puritana, aunque al paso que vamos algunos botánicos harán bueno al arzobispo Olaechea. Don Marcelino era un tradicionalista vasco de orden, pero hizo la vista gorda cuando se vio alguna sotana en los cabarets de la diócesis, como cuenta con gracia Rosita Amores. Pero ni un todopoderoso obispo en la tierra -y en el cielo-, se le pasó por la cabeza declarar una cruzada santa contra esos locales. Ahora parece que hay funcionarios haciendo un registro de actividades alegres. Además de moralina barata y oportunismo vergonzoso, la regulación de los instintos básicos supone una intromisión en la intimidad que ni la democracia cristiana se atrevió a teorizar, pues de cintura para arriba eran cristianos, y demócratas de cintura para abajo.

Vida sicalíptica.

Como bien sabe Rafael Solaz tengo pendiente que me ayude en mi iniciado recorrido por la València subterránea durante el franquismo, pero tengo que trabajar mucho para superar la sabiduría que vierten las páginas de su La Valencia prohibida, un documento completo sobre la vida sicalíptica de una sociedad extrovertida. Solaz publicó en 2004 ese libro que recoge la historia más carnal y genésica de una València oculta y libertina. Quién nos iba a decir que con la mayoría de edad de aquella valiosa enciclopedia sobre el pasado de la ciudad, la cosa se pondría farisaica. Ardo en deseos de recoger la opinión de Jesús Huguet, el autor del excelente prólogo, sobre la deriva santurrona del partido donde todavía militan los librepensadores.

Por la libertad.

Maxim’s, El Dorado, La Rosa, Ba-Ta-Clan, Edén, Mocambo, Apolo, Casablanca, Ruzafa, Venecia, Alkázar, Montecarlo, Florida, Ohasis, Ideal, Tabú, Saratoga, Hollywood o Negresco. Son algunos de los nombres míticos de la València nocturna del siglo XX. Carmen del Turia, Nati Benito, Rosa de Levante, Anita Caballero, Amparito Cao, Anita Sansano, Carmen Martí, Mercedes Viana o la ya mencionada Rosita Amores eran auténticas celebridades. Como cuenta Solaz, la diversión cabaretera aumentó todavía más cuando València fue capital de la República. Se hizo muy popular el número interpretado por una miliciana y un miliciano. Ella cantaba: «¡Camarada, camarada, mantén recto tu fusil! ¡Mi valiente camarada que así lo quiero pa mí… Ay sí, solito para mí!». Él contestaba: «¡Mi querida camarada, no me pidas mi fusil, que lo quiero pa la guerra y por mi patria morir!». Y los dos repetían: «¡Sí, sí, por la libertad morir!».

¿Amsterdam?

En esos oasis de libertad que eran aquellos locales se fraguaron las primeras representaciones transformistas, la génesis del movimiento de liberación gay. Por eso, muchos de los activistas LGTBI+ se están quedando, de manera inteligente, fuera del tufo gazmoño. En cualquier caso, en vez de actos populistas, lo más urgente es dedicar medios materiales y económicos a la lucha contra la esclavitud sexual y el tráfico de personas. No me hace ninguna gracia cuando se dice que València es la Amsterdam mediterránea, porque la nueva campaña puritana nada tiene que ver con las bicicletas, que son para el verano, como han demostrado cabareteros ilustres, entre otros Benat i Baldoví, Blasco Ibáñez, Berlanga, Manuel Vicent o Ferran Torrent. Prefiero ese equipo a los bravos mojigatos.

Compartir el artículo

stats