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Alfons Garcia

A VUELA PLUMA

Alfons Garcia

Alicante y los demás

Alicante es la piedra angular de ese imposible que es la vertebración valenciana. Posiblemente decir ‘vertebración valenciana’, así, no con otro gentilicio, sea ya la primera razón del imposible. No es un reproche, es una constatación de lo que son las cosas, a pesar de muchos proyectos territoriales con más o menos etiqueta de nacionalistas. ¿Lo es más el sueño del ‘País Valencià’ que el de una provincia de Alicante perfectamente diferenciada? No son lo mismo, porque la vara de medir en estos casos es el grado de tensión que cualquier proyecto territorial ejerce sobre otro proyecto, el español, pero en todo espíritu fronterista se pueden observar concomitancias.

Alicante (una parte, no muy numerosa, pese a la algarabía previa) ha salido a la calle contra el recorte del trasvase Tajo-Segura. Refleja nuestras miserias colectivas e identitarias (si el adjetivo vale algo hoy) el hecho de que la reivindicación cueste sentirla como de todos. Por otra parte, el trasvase es hoy necesario, pero no puede ser un arma para el agravio y el victimismo. Ni para la utilización política. El trasvase es necesario, pero no puede ser la única y permanente forma de remediar los problemas hídricos de Alicante. Es como el que vive de crédito de continuo, atado a recursos que ceden otros. No parece forma saludable de futuro. Si la soberanía energética es un objetivo a medio plazo, también debería serlo la hídrica.

Alicante pone además a los valencianos ante un espejo. Hace preguntarse por la relación de todos los de aquí con el gran centro, Madrid, al que se tiene la tentación a menudo de cargar todos los males. El centralismo existe. El de Madrid y el de València. Sería una necedad negarlo a estas alturas. Existe centralismo porque los aparatos de poder están en un lugar y a su alrededor se generan inevitables estructuras de influencia y de desarrollo económico. Hay una parte que es natural. Como hay centralismo bajando en el esquema si se observa la ciudad de Alicante desde Benidorm, por ejemplo. La diferencia, no obstante, es si los poderes políticos trabajan por multiplicar los efectos económicos y sociales de ese centralismo. Madrid cuenta con una política fiscal para concentrar recursos y el Gobierno de España (de todos, se supone) no ha sabido hasta la fecha poner coto a una decisión legítima de los poderes de Madrid pensando en sí mismos. En el pasado cercano la ha potenciado además con inversiones que han desarrollado las infraestructuras de comunicaciones de Madrid como megacentro radial. Las han desarrollado mucho más que las del resto. Hay indicadores europeos que lo corroboran.

¿Se puede decir algo similar de València y de la relación del Gobierno del Botànic con Alicante (Castelló es para otro papel)? La ciudad de Joan Ribó no cuenta con ventajas fiscales comparables (al contrario, ya se ha apuntado a la tasa turística) ni ha existido una macroconcentración de obra pública de la dimensión de la villa y corte. No significa negar que el centralismo valenciano existe. Pero a veces se olvida también que la Euipo (el gran organismo de la UE en la Comunitat Valenciana) está en Alicante desde los tiempos de Felipe González y Joan Lerma (pese a las presiones de que estuviera en València); que el gran parque de ocio (Terra Mítica) se proyectó en Benidorm (luego se hizo cómo se hizo y salió cómo salió); que se ha trasladado una conselleria a Alicante, que es una de once, poco, pero no había ninguna; que el Benidorm Fest se ha hecho donde se ha hecho; que la Ciudad de la Luz está donde está, se ha salvado y tiene una oportunidad de futuro; que también Distrito Digital ha sido otra apuesta pública por Alicante; que el plan Vega Renhace es un proyecto de apoyo a una comarca que no se ha impulsado en otras zonas después de catástrofes, y que la única subsede valenciana del IVAM está en Alcoi. Seguro que no es suficiente, ni hay que bajar los brazos, pero la permanente duda del agravio tampoco colabora a construir algo en común. A estas alturas, tras 40 años de débil autogobierno, empieza a estar claro.

Por lo demás, podemos estirar renglones lamentando costuras rotas y vértebras molidas. Lo relevante es que Alicante ha conseguido instalar en la política valenciana un medidor de sensibilidad. Es mucho en cuanto a presencia, porque condiciona. Cualquier gobernante sabe a estas alturas que cualquier decisión que adopte va a ser evaluada en función de cómo queda la provincia. El centralismo es insano. Cualquiera. También el que se da en la Comunitat Valenciana. Pero la constante sospecha del agravio tampoco es síntoma de buena salud colectiva. De Alicante y de los demás (valencianos).

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