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Matías Vallés

Jesús Mariñas, el más grande del periodismo de vísceras

Con Jesús Mariñas fallece el más grande practicante del periodismo de vísceras, hasta el punto de que el género puede declararse extinguido por el escaso fuelle intelectual de los gritones supervivientes. Si era duro ser atacado por el coruñés, más cruel resultaba ser ignorado por la versión hispana de Truman Capote. Absolutamente nadie podía sustraerse a su influjo. Sus obras completas de La vida en rosa, en la revista Época, aportan un material y una bilis indispensables para enjuiciar a la España contemporánea.

Quienes nos hemos asomado al zoológico de la prensa rosa, conocemos la angustia de trabajar con unos deplorables ejemplares humanos, por llamarlos de alguna manera. La variante del síndrome del impostor en ese lodazal aromatizado consiste en imaginar que el atento lector descubra la verdadera naturaleza de la carroña. A Mariñas le asiste el mérito infinito de revestir a un rebaño de ignorantes con una dignidad homérica. Era un modisto que diseñaba intelectos imaginarios, aunque fuera para triturarlos a continuación. La potencia de su prosa lo convierte en el equivalente del inolvidable Pedro Rodríguez, la crónica política de alta tensión.

El arrinconamiento progresivo de Mariñas no logra oscurecer la dictadura que ejerció, cuando Eduardo Zaplana ofrecía en su Canal Tómbola la bazofia menos refinada para los paladares más exigentes. Juan Carlos I no frecuentaba La vida en rosa, porque su límite de atención en prosa se extinguía más allá de un folio. Sin embargo, el Rey aprovechó la inauguración madrileña de la exposición dedicada a Queca Campillo para llamar a un aparte al tirano rosa. El monarca le recomendó que «no te arremangues tanto», para confesarle a continuación que veía Tómbola. Se sumaba así a espectadores tan exigentes como Francisco Umbral o Pérez-Reverte.

La arbitrariedad es inherente al género, pero los peleles que Mariñas salvó de su hoguera tampoco merecían la amnistía. La geografía óptima de lo más próximo que dará España a Walter Winchell era Marbella, entre Gunilla y Gil y Gil, el cronista exteriorizaba su disgusto cuando debía desplazarse a la humedad de Mallorca. La comparación con Jorge Javier Vázquez es inexacta, aunque ambos son más inteligentes que sus personajes respectivos. En realidad, Jesús Mariñas no deja herederos.

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