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Alfons Garcia

A vuelapluma

Alfons Garcia

El progreso (con perdón)

El progreso (con perdón)

Suena el órgano eléctrico en el hogar de los jubilados y la tarde se llena de melancolía. Te pasa cuando paras cada año ante la barrera del tren de los años. Luego se levanta y vuelves a correr como en aquellos trenes de madera de la infancia, en los que se podía ir en el estribo. No sé si podía, pero se iba. Entonces no se podían muchas cosas. El progreso es este moderno centro de mayores, con todas las comodidades, donde sigue sonando la misma música que ya sabía a viejo hace 40 años. El progreso es el grupo de chicos con parálisis cerebral que ves en el parque, cada uno con un monitor. Esa mano que hoy los sostiene era una cadena en tu infancia. Daba miedo aquel chico al que sacaban unas horas al día a la calle atado a una cadena de hierro enganchada a una ventana. Gritaba solo. No hace tanto de aquel país.

Los pequeños cambios son los grandes cambios. La libertad es sobre todo un concepto íntimo e individual. Lo otro son grandes palabras en los libros. Tu colegio de niño estaba desperdigado en un montón de bajos por el pueblo. El progreso real es la multiplicación de escuelas públicas más que la joven que pasa hoy con un patinete ultrasilencioso y un móvil grabando en el manillar. El progreso es menos efectista que la modernidad.

El progreso es el aburrimiento. Oyes hablar de una sociedad aburrida, la misma que se queja del estrés y la tensión que llega a generar el Whatsapp. Los absurdos y las contradicciones son el mejor síntoma de progreso y de que la normalidad ha vuelto. Y no ha hecho falta que la pandemia se fuera.

El progreso es cuando la sociedad se cansa del progreso y en el futuro solo es capaz de ver soluciones del pasado. Son entonces los tiempos del ruido. Ensordecedor. Solo queda soplar las heridas y hacer uno desde su rincón lo que puede frente a iluminados, patriotas y otros mesías de la nada. Queda buscar aceras donde se oigan los pasos. Queda seguir soñando con la ciudad que se resiste.

Los anuncios y los sueños pasan rápido. Pesan más los bolsillos vacíos. Lo saben los populistas. Los gobernantes repiten el sueño de un progreso dulce a partir de una gigafactoría y un nuevo modelo de crecimiento. Pero los anuncios no ganan elecciones. Quedan difuminados al ir a la gasolinera. Casi cien euros marca el surtidor por llenar el depósito. No hace tantos años, el mismo gesto te costaba poco más de cincuenta. Y los sueldos no han crecido tanto. Al contrario. La mayoría asumió recortes en la gran crisis. La inflación y los bolsillos vacíos sepultan los buenos anuncios de lo que está por venir. De esa fuente beben los populistas. Con agujeros en la cartera no se ve el progreso y suena más el ruido.

Ruido de fútbol, de seres groseros y negocios de ultramar. El mundo de hoy. Globalizado y mercantilizado. Más dinero, que suele ser sinónimo de más comisiones. Sea en Valencia o en Las Rozas, ciudad del fútbol (sin ley). Lo que cuenta es el dinero, los principios son maleables. Mi Valencia es un Mestalla con calvas y barro, porteros dolidos el tocar tierra, el marcador Dardo, tan extraño a los ojos de un niño, y la escalerilla del reloj (con agujas) a la que subías para ver la zancada esbelta de Kempes en aquel equipo empobrecido pero digno.

El progreso debe ser saber perdonar. Es lo que sería humano con un señor de 84 años que casi no puede moverse y que cumplió con su país en tiempos difíciles. Ayudó al progreso. Lo tienes claro. Pero el perdón cuesta en tiempos de ruido, cuando el dinero del mes se escapa fácil y otros acumularon tanto en el pasado sin siquiera pasar por Hacienda. Pensó al menos tanto en el metal como en el progreso. No sé si es suficiente para el perdón. Entre esas dos aguas se mueve hoy la imagen de un rey viejo y solo.

Dice la exiliada saudí Rahaf Mohammed: «Aprendí muy pronto la relación entre dinero y poder. Los que lo tienen harán lo que sea para conseguir más, y quizás hay gente que prefiere beneficios a conciencias tranquilas» (El País). Reyes, fútbol, poderosos... Esos conceptos son de hoy y de siempre, aunque la melancolía endulce la mirada. El progreso es otra cosa. Iba a ser otra cosa.

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