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Juan Lagardera

NO HAGAN OLAS

Juan Lagardera

¿Pero hace falta un nuevo estadio de fútbol?

Más de trece años llevan paralizadas las obras del Valencia CF en la salida hacia la autovía de Llíria para escarnio de la ciudad, vergüenza de su consistorio municipal y descaro de la actual propiedad del club deportivo que más ha caracterizado a los valencianos de pro durante toda una centuria. Resulta desconcertante, la verdad. Por el impacto visual, por el agravio comparativo con cualquier promotor urbano de la ciudad, por el agravio incluso con cualquier otro pequeño empresario o comerciante… o simple profesional o propietario de un inmueble que ha de lidiar de modo cotidiano con ordenanzas, licencias, tasas y demás mandangas con las que se financia la gobernación valentina.

Las obras del nuevo campo del Valencia que me resisto a bautizar como «Nou Mestalla» se iniciaron en el verano de 2007. En plena canícula, para ganar tiempo. Debía inaugurarse de cara al campeonato de la Liga en la temporada 2011. ¡Qué risa! Hubo accidentes y muertos y, finalmente, por falta de liquidez, o vaya usted a saber, los trabajos se detuvieron en el invierno de 2009. Estamos, lo recuerdo, en el 22, de nuevo en verano, más de trece años después. Por el camino, el proyecto ha sido afeitado, como los toros, perdiendo su vanguardista fachada, adelgazando sus columnas y pilares, reduciendo aforo… hasta parecer más bien una estación de autobuses antes que un coliseo deportivo como rezuma el nuevo San Mamés o el mismísimo futuro Bernabeu que, por cierto, está siendo equipado tecnológicamente por una empresa valenciana, la Inelcom de la familia Quilis nacida en Xàtiva.

Todavía más sorprendente resulta la operación del viejo Mestalla, cuyo derribo y transformación en viviendas de semilujo iba a servir para financiar el nuevo campo y quién sabe cuántas cosas más. Comprensivas otra vez con los deterioros financieros del club, las autoridades consintieron una ATE (un plan, para entendernos), sobre los futuros solares de Mestalla, multiplicando el volumen edificable permisible. Ni aún así. La promotora cooperativa que iba a adquirir el solar presentó un proyecto de siete torres sobre un gran zócalo de casi veinte metros de altura dedicado a centro comercial. Se construían 485 apartamentos. De 115 m2 a 4.000 euros el m2. En torno al medio millón de euros con plaza de garaje.

Bastante más caros que el precio medio en la misma zona y con una densidad urbana mucho mayor. No consiguieron venderlos y la oferta de la promotora declinó. De tal suerte que ahora el club lo tiene imposible para rentabilizar el viejo estadio en las cifras que necesita para no rascarse el bolsillo con el nuevo estadio. Como consecuencia, el Valencia CF marea la perdiz ante la administración pública, minora el proyecto nuevo, lo relanza a una fecha futura imprevisible y parece dispuesto a liquidar su patrimonio deportivo malvendiendo a las grandes figuras valencianistas que se han criado en la casa. Al menos no hicieron comprar apartamentos a sus futbolistas como hacía Bancaja con la venta de sus acciones a los clientes.

Hasta ahora la película de los hechos y proyectos, de una realidad convertida en humo. Pero la cuestión de fondo es otra, y cabe preguntarse entonces: ¿para qué quería el Valencia CF un nuevo estadio? ¿Qué falta hacía si estaba en un emplazamiento perfecto? O acaso, ¿no es posible que se modernice sin necesidad de abandonarlo? El Villarreal, aunque a algunos les duela reconocer el excelente trabajo de la familia Roig en el proyecto del submarino groguet, ha transformado el viejo Madrigal en un nuevo campo de la Cerámica, y allí está, en la trama urbana de Villarreal, encapsulado en amarillo, con su restaurante a pie de césped y emergiendo como metáfora de la modernidad industrial de todo un pueblo.

Bueno, dirán otros, es que la anterior reforma de 2001 que se hizo en el viejo Mestalla fue declarada ilegal porque ocupaba, anómalamente, el vuelo de la vía pública, acogotando a los vecinos cercanos. Nada que no se pueda negociar con sabiduría y buena mano hacia el sufrido vecindario. Por ejemplo, limitando los horarios de los partidos nocturnos hasta las 12 de la noche, transformando en un gran jardín público el desmesurado aparcamiento al aire libre en que convirtió la avenida de Aragón el Mundial del 82 (el de Naranjito, dado que España como local jugó –es un decir– en Mestalla), construyendo otro parking en el subsuelo de la avenida, comprometiendo un buen planeamiento con servicios públicos en los futuros terrenos de los cuarteles de la Alameda…

No habría mejor noticia para los valencianistas que se les devolviera el viejo Mestalla remozado, manteniendo la tribuna tradicional, recuperando la vitola de estadio histórico, de graderíos centenarios al modo británico, y encima mejorando la calidad de vida de su barrio. Esa sería una decisión juiciosa, saludable para toda la ciudadanía, que se ahorraría siete horribles fincas donde ahora crece la hierba más los futuros colapsos de tráfico que se auguran en la avenida de les Corts Valencianes. ¿Y qué hacemos entonces con el nuevo campo? Pues lo transformamos en un estadio para el deporte popular, para conciertos al aire libre incluso, para atletismo, rugby o fútbol femenino… Y si me apuran, se derriba, se ajardina… y punto final a esta pesadilla contemporánea a lo Fu Manchú.

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