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Va de bo

Alberto Soldado

Juan Carlos de Borbón y España

El rey emérito Juan Carlos I es recibido por el alcalde de Sanxenxo, Telmo Martín.

Algunos periódicos resaltan los gritos a favor de Juan Carlos tras su regreso puntual a España. Magnifican los gestos a favor de su persona y los vítores a España. Todo en el mismo paquete. Confundir a Juan Carlos de Borbón con España no es precisamente un timbre de honor y de gloria para la patria de Cervantes o Quevedo, de Góngora, Velázquez, o Jovellanos, de los marinos vascos como Elcano o Blas de Lezo o de catalanes como Pla, Gaudí o Dalí; del pueblo que se levantó contra la invasión francesa o de aquellos que a miles de kilómetros recorrieron las montañas andinas fundando ciudades y universidades, como ningún otro imperio quiso hacer. Aquí ya no se trata de discernir entre monarquía o república, porque hay algo mucho más importante: se trata de exigir que la primera autoridad del Estado sea el ciudadano más ejemplar en su comportamiento. El más ejemplar. La República tiene la ventaja de que en unas elecciones libres puedes cambiar esa autoridad. En la Monarquía puedes tragarte un Juan Carlos protegido por los altos poderes aun sabiendo que, según se ha publicado, cada barril de petróleo le costaba un poco más a los españoles por la supuesta mordida que como agente comercial, a través de sus testaferros, depositaba en cuentas extranjeras, fehacientemente demostradas. Hubo periodistas valientes que se jugaron el tipo publicando libros de denuncia, al principio de su reinado, debidamente silenciados por el sistema., que le agradecía devolver al pueblo el libre sufragio universal como si fuera una graciosa concesión y no un deber inexcusable. Y lo grave es que esa máxima autoridad del Estado esté libre de responsabilidades. Y más grave aún que en el supuesto de un juicio, la ciudadanía, el pueblo en general, esté convencido de que los jueces dictarían sentencia bajo presiones o graciosas concesiones. Sabemos cómo ciertos virreyes, muy amigos de practicar el corretaje, compraron la voluntad de jueces con el tema de Banca Catalana. Si el primer ciudadano no es ejemplar, difícilmente lo serán virreyes y gobernadores.

Siendo que la Monarquía no tiene razón democrática a la que aferrarse, ha de sustentar su utilidad en ser símbolo de la unidad de pueblos diversos autogobernados, porque esa es razón natural, y su apuesta por los débiles y desamparados, con su propio ejemplo personal y familiar. Porque no es de recibo, ni ético ni estético, que mientras hay desesperación y colas de hambre, mientras jubilados y clases medias devuelvan recibos de luz y acudan avergonzados a los comedores de Cáritas, aquél que debía ser ejemplo no sea capaz de mostrar humildad y arrepentimiento sinceros. Hubo monárquicos, sí que a finales del siglo XIX al menos proclamaban principios éticos: «No es el pueblo para el Rey, sino el Rey para el pueblo». «Un Rey debe gloriarse con el titulo especial de padre de los pobres y tutor de los débiles». «Si el país está pobre, vivan pobremente hasta los ministros, hasta el mismo Rey…» Al menos lanzaban hermosas palabras de esperanza, en defensa de su rey, que no reinaba. Hoy escuchamos a palmeros que confunden el amor a la patria con la defensa de Juan Carlos y de la propia Monarquía, atrapada en una perpetua contradicción. ¿En qué ha sido ejemplar Juan Carlos? Ni en su vida personal y familiar, destrozadas ambas desde hace decenas de años por sus caprichos de bragueta ni en sus muestras de mesura, ni en gestos a favor de los desheredados. Haría bien el actual monarca en visitarle como padre, que la sangre obliga, y siempre es gesto de caridad cristiana pero debe ser el primero en renegar de un monarca que como tal, no supo serlo.

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