El antiguo aburrimiento hundía sus raíces en la monotonía. Cada día era un calco del anterior. El trabajo y el ocio se editaban con contenidos prácticamente idénticos. Las expectativas de cambio eran tan bajas que cualquier novedad asumía la condición de acontecimiento. Podía serlo el paso de un automóvil de lujo, la llegada de algún visitante desconocido, la voz resonante del buhonero y, con el tiempo, la presencia en bares y hogares de la radio y televisión, aunque ésta limitara su Pantone al blanco y negro y la amplitud de sus contenidos al espacio de un único canal atado a los intereses dictatoriales del franquismo.

Aquel caldo de cultivo intensificaba su presencia en una geografía rural que, hasta la llegada de los sesenta del siglo pasado, dominaba la escena. Desde entonces, el mundo del entretenimiento se ha modificado de raíz. Nuevos agentes del ocio, nuevas formas de expresión y canales inéditos de acceso. En su forma más extrema, el multiverso: el desdoblamiento de la persona en un avatar que la representa y sigue sus instrucciones. Vivir la vida fuera del entorno físico y social que, de una forma u otra, nos ha rodeado desde que nuestros ancestros tomaron la decisión de convivir en comunidades caracterizadas por la proximidad y la división del trabajo.

Un metaverso que no es sino una vía sofisticada y extrema de combatir el nuevo aburrimiento: el que se produce cuando la oferta de ocio agota su combate contra la intimidad y la falta de respeto; cuando los reality shows no logran guiones más provocativos y se consumen en la inercia otras alternativas que también compiten en la desfibrilación de los rincones más sórdidos del ser humano.

En la geografía del blanco y negro, los idealistas asociaban el ocio a un tiempo conducido por la voluntad humana, con paradas preferentes en las mejoras educativas, la lectura, el acceso a infraestructuras culturales, la discusión ciudadana y la socialización por medio de la diversión. En otro mundo, distante y acotado por la disponibilidad de riqueza, se situaba el ocio opulento y esnob: un estilo de vida reservado a las élites y propenso a la apertura de nuevas formas de entretenimiento en las que se combinaban, con diversas dosis, el exhibicionismo y la excentricidad.

El ocio del siglo XXI ha reventado las cinchas de los modelos precedentes, atacando especialmente sus manifestaciones más populares. Sus principales cambios consisten en alejar la consideración del ocio como tiempo de libertad y en generalizar el exhibicionismo y el anonimato. Un nuevo ocio que anhela arañar el tiempo disponible cuando concluyen las tareas laborales y domésticas. Un objetivo perseguido mediante la multiplicación de fórmulas de atracción dirigidas a conectar con las preferencias personales y la socialización de los usuarios en grupos o tribus cortadas por un patrón en el que, con frecuencia, la emoción exilia el razonamiento y la inmediatez sustituye a la reflexión.

En la visión actual del ocio, la gestión de la información que diseminamos en la red se emplea para convertirnos en objetivos individuales de seducción. Lo importante es la adhesión personal a canales concretos y su mantenimiento. Subsiste, sin embargo, la dificultad de enraizar la atracción, base del proceso fidelizador. Para ello entra en juego la metamorfosis de la información, tras su tratamiento en las turbinas del big data y de la inteligencia artificial. Pero no basta con disponer de un modelo identificador de las preferencias y sesgos individuales: la cruda competencia entre las alternativas existentes exige un ingrediente dinámico adicional para que la olla de la dominación mantenga su grado de ebullición, neutralizando la tentación de desplazarse a nuevas redes, chats e influencers.

Para conseguirlo, la respuesta consiste en dinamitar continuamente las fronteras convencionales de la permisividad, aunque ello suponga alzar nuevos hitos de desprecio al distinto, de la violencia como lenguaje habitual y del uso sesgado de los algoritmos. De este modo, el nuevo aburrimiento se combate con el reforzado desplazamiento de la razón, el diálogo y la inclusividad y su sustitución por sentimientos, emociones y un halo de morbo que excite aquellas partes de nuestro cerebro que mejor enlazan con la barbarie y el primitivismo. Un estilo de agitación que nos retrotrae a los tiempos en los que la consigna de «no pienses, lo hacemos por ti» facilitó la aparición de infames dictaduras.

No se trata de una amenaza marginal: la actual influencia de los monopolios digitales sobre las decisiones humanas socava espacios imprescindibles para el real ejercicio de la libertad. Hace creer que se controla el curso de la propia voluntad cuando, de forma imperceptible, se es marioneta de un proceso tan intrusivo como amante de la simplificación y la excitación.