Los indicadores del deterioro social lo dicen: las clases populares están sufriendo de forma muy intensa el empobrecimiento que padece España. Un ejemplo: las campañas de recogida de alimentos están recibiendo menos donaciones porque se mira con lupa la cuenta de la compra. La inflación empobrece, pero lleva a la desesperación a los que ya tenían dificultades de llegar a fin de mes. La noticia de que las pensiones no contributivas subirán como la inflación, ofrece una idea de quiénes la padecen más: los cientos de miles de personas mayores pobres.

Pero justo cuando nos llega la noticia de la mejora de las cifras del paro, nos sorprende la encuesta del CIS sobre Andalucía. La situación económica de mucha gente popular empeora y, sin embargo, crece la confianza en la derecha, cuyas políticas son, han sido y serán favorables a los mejor situados. Varios detalles de la encuesta ofrecen líneas de opinión que permiten augurar un cambio de tendencia social en la intención de voto, si nadie lo remedia. Muchos elementos nos indican que estamos ante una corriente profunda que nos permite identificar un problema político. Una situación social que debería beneficiar a la izquierda, resulta que entrega su confianza a la derecha.

Este hecho merece una reflexión serena. La pérdida de confianza se dirige a los actores políticos de izquierda, pues los andaluces siguen mayoritariamente calificándose de centro izquierda. Sin embargo, parece que el PP podría obtener tanto voto como todas las formaciones de izquierda juntas. Eso es rotundo. Según la encuesta, el PP recibe votantes de todas las demás formaciones, incluido del PSOE. Y no solo eso. La gobernanza del gobierno de Moreno Bonilla es valorada como no negativa por casi el 70% de los votantes socialistas. Por lo demás, el PP muestra una fidelidad fortísima de sus votantes, que apoyan masivamente a su presidente andaluz.

Todo esto sugiere que, mientras que los votantes del PP están muy motivados, los electores del PSOE y de formaciones de izquierda no lo están tanto. Esto se ve reflejado en la valoración de líderes. Espadas no solo no se acerca a la nota de Moreno Bonilla ni del vicepresidente Marín, sino que es superado en puntuación por el candidato de Jaén Despierta, el psicólogo Sánchez Cañete. Y lo más significativo, tiene casi la misma nota que Inmaculada Nieto.

La reflexión es clara. Situar un candidato sin fuerzas propias, a través de una batalla que se decidió desde Moncloa y con la finalidad de controlar el partido, es una forma de proceder errónea. La consecuencia es obvia. En la batalla electoral combatirá un hombre cuya posición no está conquistada por sí mismo. Ya pasó cuando Rajoy elevó a Moreno a dedo. Obtuvo el peor resultado histórico del PP. Moreno aprendió con claridad lo que debía hacer ante un electorado que había sido educado en la complacencia durante cuarenta años del PSA-PSOE. Vendió también que Andalucía es poco menos que un paraíso. La complacencia suele ser conservadora. A poco que se respete la estructura y presencia de la Junta, el verdadero rostro del Estado en Andalucía, el voto se irá al candidato que más estabilidad ofrezca.

Eso no lo quebrará un candidato recién llegado, sin batallas conocidas por las tierras andaluzas, salvo en Sevilla, lo que tampoco es demasiado alentador para el resto de los andaluces. Pero si lo que se vota es estabilidad y respeto por la Junta, a lo que el orgullo andaluz estará muy atento, entonces Espadas no solo no ofrece atractivo por sí mismo, sino que resulta evidente que incluso en el mejor de los mundos posibles, no podría ofrecer sino un gobierno de coalición con Por Andalucía. Sencillamente eso no es probable. Pero incluso para muchos andaluces quizá no sea deseable. Baste recordar que, para la encuesta e incluso entre los votantes socialistas, la fórmula del gobierno de Sánchez no produce entusiasmo.

Todo se ha agravado por el hecho de que Espadas, y en general el PSOE, ha cifrado toda su campaña en el miedo a VOX. Ha dado por seguro que el PP no puede gobernar si no es con la ayuda de Olona, una candidata fraudulenta y carente de respeto por la Junta. El reciente suceso en Cádiz, donde de forma espontánea el público se levantó para cantar el himno de Andalucía tras una comparsa crítica con la candidata de VOX, testimonia que el coraje contra esta formación es popular, pero que se puede manifestar concentrando el voto en el PP. Esa posibilidad ha sido reforzada con el movimiento inteligente de Moreno al asegurar que preferirá repetir las elecciones antes que gobernar con VOX.

Y es que la gente menuda de Andalucía necesita la Junta, como la gente menuda de España necesita el Estado. Y en una secuencia de tres crisis como la que padecemos, lo único que se ha demostrado, como nos recuerda el filósofo Roberto Esposito, es que no se puede vivir sin instituciones respetadas y atentas al mundo de la vida en su integridad. No es tiempo de aventuras. Eso es decisivo para entender la nueva inclinación del electorado. Todavía hay tiempo para impedir que esta inclinación se convierta en ciclo político. Pero si los actores de izquierda no son capaces de federarse para promover políticas eficaces contra el empobrecimiento y que vayan más allá de halagar la complacencia con ideología barata, entonces resultará difícil derrotar el minimalismo de la oferta de estabilidad que el candidato popular representa.