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La sección

Tonino Guitian

Perdóneme que le responda

No fue únicamente Freud quien notó que la ilusión religiosa no podría ser reemplazada más que por otra cosa. Antes que él fue Robespierre, quién sabía que al ajusticiar a Louis XVI acababa por siempre con Dios, y más tarde Albert Camús, quien lamentó que la revolución de la sociedad francesa hubiera empezado su periplo con un asesinato.

En tiempos pasados, Freud hubiera sido llevado a la hoguera tras publicar El futuro de una ilusión, el estudio más acertado hasta hoy del fenómeno religioso. Otros pensadores de izquierdas también arriesgaron mucho al declarar los primeros manifiestos sobre la homosexualidad y denunciar esta parte oscura de la moral comunista. Ninguno de ellos se abstuvo, por su rigor científico o su honor de escritor, de hablar claro sobre otras opresiones.

Decir la verdad sería la salvación de muchos si supieran que van a ser escuchados. He estado leyendo los testimonios de las mujeres que estuvieron cerca de los asesinatos cometidos por un asesino serial y me estremezco cuando relatan que, tras drogarlas a la fuerza y verse ante testigos, él decía: «¡Pobrecita, cómo le gusta la droga!»

No es la primera vez que escucho a un agresor sostener que él fue el agredido, a un mentiroso decir que quien miente es a quien ha engañado. Duele la desesperación al saber que cuando una prostituta bajó a la calle el cuerpo sin vida de su compañera para intentar llevarla al hospital, un taxista le niega su ayuda «porque no quiere líos». Suena como un repique a muerto entender que alguien no hable porque no quiere que sus hijos sepan que hacen un trabajo indigno, tapado tras siglos de vergüenza por las víctimas, mientras los abusadores hacen alarde de que, por dinero, hay personas que permiten ser esclavas.

Por supuesto que ninguno queremos líos, pero alguien tiene que hablar cuando las cosas aún pueden enderezarse. En todos los escalofriantes casos abiertos contra los abusos cometidos esperando quedar impunes, acaban siendo cómplices personas que fueron engañadas y no querían problemas. Ocurrió con la secretaria del caso Cooperación y ocurre con los funcionarios que permitieron que alguien pudiera acceder al ámbito de una menor tutelada. Todos ellos tenían una servidumbre no escrita, una mistificación de las personas con poder y fueron dominados por las circunstancias y el miedo.

Cuando estas actitudes se hacen públicas, cuando dejan de ser corrillos, uno tiene la certeza de que los abusos tienen un largo futuro y que nada tienen que ver con la ignorancia. Bajo el barniz moderado y amable de las clases poderosas bien asociadas entre sí, hay un duro prejuicio de clase hacia los demás. Ofrecen la liberación de los individuos pero acaban por controlarlos acostumbrándoles a que la honestidad es para los ingenuos, para los que no saben ver las oportunidades que brinda la vida. La realidad y la verdad son una blasfemia indignante. Se nos muestra de manera edificante que son un punto de vista, un sentimiento íntimo. Todo se justifica de una manera u otra, mientras no se cometa el crimen de denunciar la injusticia o de ayudar al agredido.

La nueva ola de alienación civil no produce luchas o debates para solucionar un problema, sino escaramuzas semejantes a las que mantenían los viejos teólogos sobre los dogmas. Mientras unos sabemos que lo que buscamos entender hoy no será exactamente lo mismo que sostendremos mañana, otros obligan a los demás a creer lo mismo que ellos bajo amenaza de despido, multa o cárcel. Estamos ante una nueva religión donde cualquier mito alimentario, científico, estético es acogido con entusiasmo por los desorientados, tanto ricos como pobres. La única diferencia es que los ricos se lo pasan mejor cuando los deseos, el sexo, la identidad, la honestidad, la universidad y los púlpitos son pura apariencia que se puede comprar o vender de una forma abierta y cruda sin que nadie rechiste.

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