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Martí

Valencianeando

Joan Carles Martí

El diseño de las cosas del comer

El poco interés de los vecinos de Benimaclet de ser agricultores urbanos es un baño de realidad contra los nuevos dogmas

Valencianeando

La fotografía de F. Calabuig desde dentro del ágora del diseño, permite ver el espacio norte de la plaza del Ayuntamiento.

La verdad no tiene remedio. Que solo una minoría absoluta de los vecinos de Benimaclet manifiesten, en condicional, su predisposición a ejercer de horticultores urbanos significa un baño de realidad. El veganismo y el ambientalismo se han impuesto como dogmas, aunque los capellanes ya intentaron durante siglos que todos fueran a misa los domingos, con el consabido resultado. Conozco veganos buenos, regulares y malos. De los que se adaptan a cualquier ágape, hasta los que te matan con la mirada entre la croqueta de pollo y el jamoncito. Los proselitistas son los peores, como en todo. Benimaclet es un barrio tan plural, con población flotante y de toda la vida. Etiquetar el ‘califato independiente’ -según proclaman algunos de sus vecinos- para el ensayo de no sé que invento de ruralidad urbana sin el apoyo de sus ciudadanos supone un error. Existe una gran diferencia entre la planificación o la dominación ciudadana, y a estas alturas del partido será mejor la promoción del bienestar, en el amplio sentido colectivo, y sin doctrinas.

Menos huertos.

A los que andamos mucho por los caminos de huerta nos sorprende la cantidad de bancales en barbecho. También sabemos que las cuadrillas de labradores provienen en su mayoría del sur y del este. A partir de aquí se puede caer en el victimismo agrario, ponerse una venda en los ojos o promover la mala conciencia, pero pocos indígenas quieren trabajar la tierra. A los consabidos problemas coyunturales del campo valenciano se une ahora una competencia logística inusitada que repercute en las cosas del comer. La opción nunca es volver a la cueva, en nuestro caso a la pintoresca barraca, porque o haces tu la economía, o te le hacen. Solo con prestar atención al callejero, por ejemplo del polígono donde está este periódico, sabemos que algunos oficios evolucionan y otros desaparecen. Y el sol sigue saliendo todos los días, incluso en las matinales más nubladas.

Vivimos del sol.

La principal industria de València es la turística. Los vuelos ‘low cost’ y una envidiable situación geográfica producen una buena fuente de ingresos, como demuestran desde hace semanas las calles céntricas. Sin embargo, la oferta para adaptar los edificios actuales a la transición ecológica sigue siendo mínima, y solo las nuevas construcciones atienden a esa auténtica necesidad que con la crisis climática va a disparar las diferencias sociales. Las terrazas de las fincas son ideales para la colocación de placas solares que contribuyan a la eficiencia energética de sus vecinos. Hay muy pocas comunidades de vecinos que están en el tema y la normativa municipal parece poco preparada para una demanda que irá en un claro aumento.

Plaza mayor.

Las administraciones que convocan concursos de ideas es porque carecen de ellas. Pero si algo ha puesto al descubierto los proyectos presentados para otra reforma de la plaza del Ayuntamiento es la improvisación y poco acierto que tuvieron los responsables de su actual diseño. Un erial para hacérselo mirar.

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