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Alberto Soldado

Coherencia y autoridad moral

Cuentan de un diputado de las Cortes de finales de XIX, predicador con vehemencia de las ideas tradicionalistas, y con una fidelidad absoluta a los dictados de la Iglesia Católica, que acabó en la más absoluta pobreza, mucho más que la propia institución a la que tan fervientemente defendía. El hombre vivió entregado a un ideal, sin darle importancia a los bienes materiales. Vivió tan pobremente que, en cierta ocasión, encontrándose en los postreros días de su vida, fue a visitarle don Antonio Maura, jefe del partido conservador, quien al ver la situación en que estaba sumido, exclamó: «Muchos y elocuentísimos discursos de usted conozco, pero el más admirable de todos es éste. Usted que podía vivir como el mejor, regaladamente, ha preferido ser consecuente con sus ideas. Es una lección ejemplar».

Una persona dedicada al servicio público de la política debe actuar de acuerdo con las ideas que expresa. Y esa debería ser la primera exigencia de un pueblo culto y digno. En este país nuestro hemos visto caer a jóvenes políticos que predicaban a las masas su inquebrantable decisión de seguir viviendo humildemente en su piso de barrio popular como ejemplo de generosa entrega. Él no sería como los demás. En cuanto tuvo ocasión se marchó a vivir a una de las urbanizaciones de lujo. Y aquel carisma, aquella entrega que parecía destinada a movilizar poéticamente los sentimientos de las clases humildes contra a la casta al servicio del poder financiero, se desvaneció. Para lección de coherencia vital, la de Vázquez Mella. Para lección de incoherencia, la de Pablo Iglesias.

Asistimos estos días al espectáculo de exigencias de dimisión. Si la imputación se establece como línea roja para seguir en un cargo público, hasta aquí hemos llegado. Toca ser consecuente si se respeta la coherencia. Pero…¿y si la imputación judicial no acaba en condena? ¿Cómo restituimos el honor de una persona? Precisamente ahí radica la importancia, el valor de la prudencia, de los silencios, de saber morderse la lengua, de poner el corazón al servicio de la razón. De comprender que no todo vale en el mundo de la política, que existen valores comunes que deben trascender a la batalla por el poder. La autoridad moral es un valor perdido en este tiempo en el que se derraman al basurero valores que han dado sentido a lo mejor de la existencia del devenir humano. Necesitamos dirigentes cargados de autoridad moral. Porque sin esa autoridad, que se gana con el ejercicio generoso y honrado a la ciudadanía, hay discursos que a la mínima se desvanecen. Simplemente cuando el argumentario que exigimos a los demás, no se aplica a uno mismo.

Autoridad moral tenía el político que predicaba sus ideales con su ejemplo de vida. Autoridad que perdió en cuatro días quien no fue capaz de ser coherente. Autoridad moral, por ejemplo, la de Julio Anguita, en las antípodas de Vázquez Mella, pero que supo ser íntegro y ejemplar. Algo que no va con la pertenencia a un partido o a una institución, sino al carisma, a la esencia de cada cual.

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