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Isabel Olmos

Punto y aparte

Isabel Olmos

Retrasen sus relojes 50 años

Si han seguido de cerca los fundamentos de la decisión del Tribunal Supremo de prohibir el derecho al aborto en EEUU se habrán percatado de uso recurrente de la palabra ‘moral’. Desde mi tribuna de juez o en el patio de vecinos proclamo lo que la gente puede y no puede hacer en función de mis creencias, mis intereses y mis motivaciones. Los españoles lo sufrimos 40 años.

Un manifestante dice: 'No se olviden de retrasar sus relojes 50 años esta noche', a raíz de la sentencia de EEUU. Erik S. Lesser

Todas las madres que han perdido a un hijo en gestación lo tienen presente toda la vida. En mayor o menor medida, pero ahí está. Y quien diga que no, desconoce, manipula o miente y, además, con muy mala fe. Ya sea porque las circunstancias (económicas, individuales, de pareja o familiares) obligaban a no traerlo al mundo por mil motivos en ese momento o bien porque el embarazo no fue adelante de manera natural por otros tantos, la pérdida del hijo se instala en esa memoria etérea a la que nuestra mente recurre a traición cuando menos lo esperamos, trayendo a un primer plano y obligándonos a ver las experiencias que quisiéramos olvidar para siempre en un fondo negro. Pero ahí están. No se van. Y las tenemos que ver.

Cuando todo esto pasa, la sociedad sigue adelante, los Gobiernos siguen adelante, los partidos políticos y los jueces siguen adelante, y hasta los vecinos, la familia y los amigos siguen adelante. Y el recuerdo de esa experiencia solo quedará en la madre de la criatura no nacida y, en el mejor de los casos con la mejor de las posibles, en la pareja. Pero en la madre siempre. Si el bebé ha muerto por causas naturales, usted se enterará, porque las pérdidas de este estilo -aunque comentadas en voz baja- están ‘aceptadas’ socialmente. Le dará pena, tristeza y empatizará o no con las personas implicadas, pero lo sabrá.

Pero si esta pérdida se produce porque la mujer, sola o en pareja, decide tomar la decisión de no seguir adelante con el embarazo, usted no sabrá absolutamente nada. Primero, porque cada una es dueña de su vida y su intimidad y cuenta lo que quiere pero, segundo, porque el aborto voluntario todavía conlleva toneladas de prejuicios, críticas y falta de comprensión. Siempre hay alguien que intenta que no se haga, que proyecta sus historias personales en la persona que ha adoptado esta decisión o que se considera moralmente superior para dictaminar qué vida es más importante.

Y he aquí donde quería llegar: la superioridad moral. Si ustedes han seguido de cerca los fundamentos de la decisión del Tribunal Supremo de prohibir el derecho al aborto en EEUU a nivel estatal se habrán percatado de uso recurrente de la palabra ‘moral’. Cuestión de valores y morales. Desde mi tribuna de juez o de chismorreante de patio de vecinos proclamo lo que la gente puede y no puede hacer en función de mis creencias, mis intereses y mis motivaciones. Si no, que nos lo pregunten a los españoles, que vivimos 40 años bajo el yugo de la moralidad y donde la mujer era la principal sometida. Sus intereses, nuestra desgracia.

Si una mujer o incluso una niña que es violada sangra durante su gestación, el hospital podrá llamar a la policía para investigar si ha habido voluntariedad en lo ocurrido y llevársela detenida.

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Asociaciones de derechos humanos y feministas están aconsejando ya a las estadounidenses desinstalarse aplicaciones de control de la menstruación para evitar que sean usadas como pruebas en su contra y compartir en redes cualquier información de servicio de lugares y personas que ayudan en el proceso de un aborto. Si una mujer o incluso una niña que es violada sangra durante su gestación, el hospital podrá llamar a la policía para investigar si ha habido voluntariedad en lo ocurrido y llevársela detenida. Al calabozo. ¿Se lo imaginan ustedes?

Pues prepárense, porque lo tenemos bien cerquita. Y no se esconden. Alardean de ello sin vergüenza en redes sociales y ejecutan, implacables, desde los gobiernos y administraciones donde ostentan el poder. Y tras nosotras, las mujeres, vais los hombres también, compañeros. No dudéis de ello. Si te casaste con otro hombre, si piensas diferentes, tienes otro color de piel o vienes de un lugar diferente, estás en su lista. Sus intereses, nuestra desgracia. La de todas... y todos. Siempre. 

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