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Alberto Soldado

Salirse del rebaño

Uno recuerda de niño los trajines de su primera comunión. Había que aprenderse de memoria un catecismo de tapas verdes que empezaba preguntándote las razones por las que te proclamabas cristiano. Menos mal que te daban la respuesta una línea más abajo: ser discípulo de Cristo. Después ya te enterarías del significado de discípulo y todavía hoy me pregunto sobre Cristo.

Entre aquellas enseñanzas era de obligada recitación la tabla de los Diez Mandamientos, que, según contaba un libro muy pesado, sin un mal dibujo que lo ilustrase, Dios entregó a Moisés para guiar al pueblo de Israel en su travesía por el desierto, que duró una tira de años.

Interpretar el significado de cada una de aquellas diez recomendaciones era imposible tarea para un crío de siete u ocho añitos. Tu obligación era aprenderte de memoria unas palabras y el tiempo ya se encargaría de que pudieses comprenderlas. Era el caso, por ejemplo, de «no cometerás actos impuros…» Lo de la pureza preguntado a la inocencia de un niño era algo tan misterioso que incluso daba miedo. A saber qué significaba todo aquello en un tiempo sin móviles. Los niños de hoy son otra cosa. De hecho cuando llegan a la adolescencia conocen todos los secretos que antiguamente se reservaban para la edad adulta y muy adulta. Y con el crujir y la llamada de los sentidos, pasa lo que pasa: aumentan los casos de violaciones, individuales y grupales. Se pretende prohibir la prostitución, cosa de adultos, y nadie parece cuestionar qué hacemos con el comercio de la pornografía que llega libremente a las mentes más vulnerables.

Vayamos al séptimo mandamiento: no robarás. En aquella edad y aquel tiempo uno lo entendía a la perfección: el bolígrafo de colores de otro niño era de aquel niño y si te apetecía, no podías quitárselo. Si lo hacías habías de confesarlo al sacerdote y, por supuesto, devolverlo a su legítimo dueño.

El bolígrafo de colores de hoy es contraer deuda pública sabiendo que no se podrá pagar sin empobrecer a cada ciudadano. El bolígrafo de colores es realizar fraudes con apariencias legales, o establecer precios abusivos aprovechándose de circunstancias favorables. Atentan contra el séptimo mandamiento quienes cobran comisiones por realizar un servicio al que por su cargo están obligados. Violan ese mandamiento quienes prestan dinero a intereses de usura. Robar también es pagar salarios de esclavos mientras el empresario se enriquece exponencialmente.

Y roban quienes, aunque se hayan enriquecido legítimamente, no hacen buen uso de su propiedad. Faltando a esa obligación del uso justo de la misma, corresponde al Estado, -guardián del bien común-, regular el ejercicio legítimo del derecho a la propiedad.

-Oiga usted es un peligroso comunista!

- No, perdone. Yo no quiero que el Estado me diga lo que puedo o no puedo hacer; me dirija y me vigile la vida, incluso me planifique la economía. Entérese bien, usted que me acusa. Yo, que respeto la propiedad privada, sólo le recuerdo los valores del Decálogo, que son los principios de nuestra civilización. Le recuerdo que llegó en el momento en que el pueblo de Israel adoraba el becerro de oro…y se daba a todo tipo de licencias. Ya ve cómo en materias trascendentes la humanidad ha avanzado tanto como ha retrocedido, o sea, bien poco. Seguramente fue aquella la primera Ley de leyes en favor del hombre. Entérese que ese texto aparecerá en el judaismo, en el cristianismo y en el islamismo… Lea libremente, reflexione, concluya y actúe. Abra los ojos a la realidad presente y no se deje manipular por quienes viven de dividir a las gentes en ganados de derechas o ganados de izquierdas.

¡Sálgase del rebaño!

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