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Levante-EMV

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Hace 9 meses se anunciaba la vuelta al cole a bombo y platillo. Los comercios hacían el agosto y las familias emocionadas se apresuraban a comprar hasta el último detalle para dejar a los niños en manos de los profes. Los alumnos han cumplido su misión; meses de madrugones, de clases, de exámenes, de actividades fuera del horario escolar…un ritmo vertiginoso donde poco se contemplaba el descanso, donde apenas se les reservaba tiempo para jugar.

El curso ha acabado, exhaustos vuelven a casa esperando encontrar un recibimiento tipo “hijo pródigo”. En cambio encuentran familias que se echan las manos a la cabeza pensando donde “colocar” a sus hijos. Es cierto que las vacaciones escolares son largas y es necesario recurrir a los abuelos o a los campamentos de verano. Pero también es cierto que muchas familias no saben cómo pasar tiempo de calidad con los niños.

Ese mes de verano para compartir en familia se suele utilizar para atiborrarlo de actividades. Familias que hacen números para costear viajes, hoteles, restaurantes,...Todas esas experiencias benefician a los niños, pero como siempre lo más importante no se compra con dinero. Los niños necesitan simplemente pasar tiempo con sus padres. Tiempo en familia para descansar y parar esa vorágine centrada en el hacer. Contaminamos a los pequeños con esa enfermedad de adultos donde le inculcamos aquello de “cuánto más haces, más vales”. Nuevamente llegan los horarios: para levantarse, para llegar al desayuno del hotel o para cumplir el ambicioso planning del viaje programado. ¿Para cuándo soltar el reloj?

Ya en casa, las familias suelen ser demasiado permisivas y las pantallas se convierten en la diversión estrella. La tecnología se vuelve entonces cómplice de lujo para que los chicos no nos den la lata. Luego nos quejamos de que los niños están irascibles, enganchados a las maquinitas, poco comunicativos…Sin duda nos encontramos ante un círculo vicioso en muchos hogares y creo que la solución como siempre radica en la palabra.

Soy profe, imparto varias asignaturas a mis chicos, pero entiendo que la educación va más allá del conocimiento. La verdadera sabiduría se logra en el saber estar, en el conocerse, en el valorarse, en la resiliencia, en el aprender a ser quien realmente somos…Paradójicamente es lo que más valoran las familias; que el educador dedique “tiempo de clase” a charlar con los niños, a indicarles estrategias para resolver conflictos, a empoderarlos, a escucharlos y darles a cada uno su lugar. Me pregunto…si muchos profes son capaces de realizar esta labor de “formación emocional” con 25 niños en clase, ¿no es posible que las familias puedan conseguirlo con sus propios hijos?

Recuerdo escuchar a mi abuela decir que la educación venía de casa y los padres de la época imponían una lista interminable de normas para que del cole no les llegara ni una sola queja. Una educación rígida que no pretendo elogiar. Sin embargo debo decir que hoy, en muchos casos, esa educación se delega al profesor… ¿acaso en casa no disponemos de momentos para educar? No creo que esa sea la cuestión, pienso que siempre hay tiempo para aquello que verdaderamente deseamos.

El asunto es más complicado y ahora hablo de presencia. Si los progenitores viven estresados, realizando una y mil cosas cada día, si no se dedican tiempo a ellos mismos, si no escuchan sus propias necesidades… ¿Cómo escuchar a sus hijos? Desde luego, no podemos ofrecer aquello que no tenemos. Cultivar la paciencia, la serenidad y el deshacernos de las actividades superfluas, se vuelven imprescindibles para recibir a nuestros hijos con los brazos abiertos y disfrutar juntos del verano ofreciéndoles el mejor banquete: nuestro tiempo y nuestra escucha.

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