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Tonino

LA SECCIÓN

Tonino Guitian

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Les confieso que el inicio de Valencia, Capital del Diseño 2022 me ha cogido por sorpresa. Espero que a ustedes no les haya pasado lo mismo. Lo espero para que no se repita en esta ciudad aquello tan nepótico de actores que van a ver actuar a actores, periodistas que leen a periodistas, los filósofos que se convencen entre ellos, los músicos que son escuchados por sus familiares y los alcaldes que ni oyen, ni ven, ni hablan.

Quizá ha sido por sus confusas siglas WDC o porque lo del diseño es como la identidad de las mujeres, algo tan confuso y abstracto que sirve para todo, incluso para darle la vuelta a los encargos que le son encomendados. El diseño sirve para realzar el consabido mobiliario mesa-silla-cama de las habitaciones burguesas. Sirve para crear aquel lujo para masas que deseaba Stalin en el metro de Moscú, un palacio del proletariado funcional dorado con purpurina. Sirve para que Richard Mille fabrique unos relojes perfectos sin pensar en su coste e incluso para prefigurar lo que tal vez no exista nunca, excepto en nuestra imaginación.

A los que vivimos los 80 nos tocó justificar el cambio político de muchas maneras. Algunos nos metimos en los inicios de aquella creativa Radio 3 que parecía que iba a transformar para bien la manera de ver el mundo. A los diseñadores gráficos y a los industriales les tocó la mejor y la peor parte, porque España entera tuvo que cambiar su imagen para ponerse al día de cuarenta años de retraso. Y aunque los maquilladores de la realidad estén siempre pagados por encima de cualquier consideración, no hay suma que pueda compensar la cantidad de idioteces que un político puede exhalar cuando explica los imposibles que desea llevar a cabo.

Sorprende el poco interés mediático actual en materias de diseño. No es solo que hoy son familiares las herramientas informáticas que facilitan la confección de carteles, objetos y decoraciones, es que ya no hay una idea única para los objetos que se acompañe del concepto del arte que los rodea, como ocurrió con el cubismo o el rococó.

Cada cosa va por su lado y según cómo le vaya a quien tenga que pagar la broma de explicar la inconsistente modernidad. Creo que si hoy los diseñadores decidieran solucionar de una vez por todas todos los problemas que nos plantean los objetos, les pasaría como a los políticos: si creyeran en la política única y exclusivamente como un medio de servir a mejorar la vida, nadie se haría político porque nada justificaría esos más de 6.000 euros que se llevan al mes. Dinero malgastado para poner, en las plazas, palmeras de salón en vez de frondosos árboles que tapen nuestras vergüenzas globales como responsables del cambio climático.

No piensen que estoy siendo cruel. Entiendo perfectamente que los diseñadores de hoy tienen muy complicado echar mano de aquellas nobles profesiones manuales de nuestros abuelos. La ebanistería, la tapicería, la cristalería, la forja, el repujado, la cestería, son oficios caros y tan difíciles de encontrar como las personas honestas. La competencia y la ley del mercado acabarían con los pobres que intentaran ofrecer soluciones personalizadas en vez de generalidades en forma de densa nube de humo. Y la ausencia de clientes que puedan pagar el coste de la obra, sumado al coste del diseñador, convierte en un tema delicado el hecho de que quizá no haya sitio para todos por muy buenas que sean las nuevas generaciones, que a todos nos consta que lo son.

Lo bueno de todo es que el diseño, más allá de los currículos, habla por sí mismo. Lleven a un esquimal a cualquier edificio valenciano anterior a los años 40 y seguro que encuentra su amplitud, su ventilación o su orientación adecuadas. Me encantaría saber si lo mismo ocurriría a la recíproca, poniendo a los nuevos diseñadores a discurrir para encontrar la mejor solución habitacional para el esquimal, sin que pudieran tener como referencia al humilde iglú.

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